Las cifras récord de violencia sexual en Brasil revelan la ausencia del Estado en la protección de la infancia y de las mujeres, exponiendo una tragedia cotidiana marcada por el silencio, la impunidad y la omisión social.
Paulo Cannabrava Filho
Brasil registró en 2024 el mayor número de violaciones de su serie histórica: fueron 87.545 casos oficialmente contabilizados, el equivalente a 240 violaciones por día, diez por hora, una víctima cada seis minutos. La mayor parte de las víctimas son niñas, niños y adolescentes menores de 14 años. Y lo más grave: la mayoría de los crímenes ocurre dentro del propio hogar, cometidos por familiares, parejas o personas cercanas a la víctima.
Estamos ante una epidemia de violencia sexual naturalizada por la sociedad y agravada por la ausencia del Estado.
Cuando se observa que casi la mitad de las violaciones es cometida por familiares, queda claro que no se trata solamente de un problema policial. Es un problema estructural, social, cultural y político. Es el fracaso de la protección a la infancia y a las mujeres.
El Estado brasileño llega tarde o simplemente no llega.
Falta presencia del Estado en la educación, en la asistencia social, en la salud mental, en el acompañamiento de las familias vulnerables y en la seguridad pública. Falta prevención. Falta orientación en las escuelas. Falta acogida a las víctimas. Falta una estructura policial especializada. Falta investigación eficiente. Falta castigo rápido.
La ausencia de políticas públicas permanentes crea un ambiente favorable para la repetición de la barbarie.
Muchos sectores conservadores combaten cualquier debate sobre educación sexual en las escuelas, como si informar y orientar a niñas, niños y adolescentes fuera una amenaza. Pero ocurre exactamente lo contrario: la educación protege. La información protege. Las niñas y los niños necesitan aprender desde temprano a identificar abusos, reconocer situaciones de violencia y denunciarlas.
Sin eso, prevalece la ley del silencio.
Y el silencio es cómplice.
La violación destruye vidas, traumatiza familias enteras y deja marcas profundas que acompañan a las víctimas durante décadas. Una sociedad que tolera esto como algo rutinario ha enfermado moralmente.
No basta endurecer las penas después de consumado el crimen. Es necesario impedir que el crimen ocurra. Eso exige un Estado presente, escuelas fuertes, asistencia social activa, protección a las mujeres y a la infancia, además de fuertes inversiones en prevención e inteligencia policial.
Una nación que no consigue proteger a sus niños ha perdido parte de su humanidad.
La lucha contra la violación no puede ser tratada como un tema secundario ni como una disputa ideológica. Se trata de civilización.el
Paulo Cannabrava Filho, periodista editor de la revista virtual Diálogos do Sul Global




