La danza de las sillas expone
el vacío programático de los partidos
El cambio de siglas por más de 120 parlamentarios revela un sistema guiado por la conveniencia, no por un proyecto de país
Paulo Cannabrava Filho
La llamada “ventana partidaria”, que permite cambiar de partido sin pérdida de mandato, volvió a poner en evidencia la fragilidad estructural del sistema político brasileño. En pocos días, alrededor de 120 parlamentarios cambiaron de sigla, en un movimiento que se asemeja más a un reacomodo de intereses que a cualquier reposicionamiento ideológico o programático.
Los números son elocuentes. El PL, ya la mayor bancada de la Cámara, amplió aún más su fuerza: pasó de 86 a 101 diputados, un salto de 15 escaños. El PP también creció, de 50 a 54, mientras que Podemos registró una de las mayores expansiones proporcionales, pasando de 16 a 24 diputados — ocho más. El PSDB aumentó su bancada de 14 a 19, y el PSB de 16 a 20. El PSD, por su parte, se mantuvo con 47 diputados, mostrando estabilidad en medio de este reacomodo.
Entre los partidos menores, hubo variaciones marginales: PSOL, PCdoB, Solidaridad y PV ganaron un diputado cada uno.
Del otro lado del tablero, las pérdidas fueron significativas. Unión Brasil sufrió la mayor desbandada, cayendo de 59 a 44 diputados — 15 menos. El PDT prácticamente se redujo a la irrelevancia, pasando de 16 a apenas 6 parlamentarios, una pérdida de 10 escaños. El MDB retrocedió de 42 a 37, Republicanos de 44 a 41, Avante de 8 a 4 y el PRD de 5 a 2. Ciudadanía también se redujo, de 4 a 2 diputados.
El PT, segunda mayor bancada, tuvo una leve caída, pasando de 67 a 66 diputados — uno menos, lo que indica relativa estabilidad, pero también escasa capacidad de expansión en este movimiento.
En el Senado, aunque los movimientos son menos voluminosos, reflejan la misma lógica de reacomodo pragmático. El PL tuvo un saldo positivo de un senador; PT, PSB, PSDB, Republicanos y Avante también registraron ganancias puntuales. En cambio, el PSD y Unión Brasil tuvieron pérdidas más acentuadas, con saldo negativo de dos cada uno. Podemos y MDB también retrocedieron.
La distribución regional de estos cambios refuerza el peso de los grandes colegios electorales. São Paulo lideró con 14 cambios, seguido por Minas Gerais (10), Ceará (9), Goiás y Paraná (8 cada uno), Pernambuco (6) y Bahía (5).
Lo que estos datos revelan no es solo una reorganización interna de los partidos, sino la ausencia de una identidad política consistente. No hay, en esta danza, ninguna señal de fidelidad a programas, ideologías o proyectos de nación. Lo que se observa es un sistema moldeado por conveniencias inmediatas: tiempo de televisión, acceso a recursos, posicionamiento electoral.
Los partidos dejan de ser instrumentos de representación política para convertirse en meros vehículos circunstanciales. Y los parlamentarios transitan entre ellos con la lógica de quien cambia de lugar en un tablero, guiados no por convicción, sino por cálculo.
En un año electoral, este escenario impone una reflexión inevitable. Si los partidos no representan proyectos claros de país, corresponde al electorado exigir de los candidatos un compromiso explícito con un programa nacional: un proyecto que recupere la soberanía, la capacidad de planificación y la independencia del Estado brasileño.
Sin eso, la democracia corre el riesgo de reducirse a una disputa vacía, donde la forma se mantiene, pero el contenido desaparece.
Paulo Cannabrava Filho, periodista editor de la revista virtual Diálogos do Sul Global




