RELIGION Y POLITICA EN LA CAMPAÑA ELE CTORAL BRASILEÑA 2026

La importancia de la Ideología

Por Romi M. Benke

Dentro de exactamente catorce días,[1] Brasil acudirá a las urnas en un contexto marcado por profundas crisis institucionales e incertidumbres. Los analistas señalan las interferencias imperialistas estadounidenses en el proceso electoral. Antes de la medianoche del 4 de octubre, ya se sabrá si Brasil ha elegido una democracia abierta al multilateralismo o una democracia de fachada, caracterizada por la reducción cada vez mayor de los canales de participación popular y orientada no a la defensa de los intereses nacionales, sino a la entrega de sus riquezas a otros países.

Es difícil saber si la población brasileña es consciente de la gran responsabilidad que tiene en sus manos. Tiendo a estar de acuerdo con la observación de José de Souza Martins en su columna semanal en la sección “Eu &” del periódico Valor Econômico. Para el sociólogo, “nos enfrentamos al inmenso riesgo de que el electorado acuda a las urnas como un rebaño y no como una asamblea de ciudadanos de una República que se esfuerza por ser ciudadana y republicana, representativa y democrática”.

Hay muchas anomalías en este proceso electoral. Una de ellas es el papel que desempeñan, en la campaña electoral, los movimientos de base cristiana fuertemente comprometidos con la difusión de creencias ideológicas de derecha que se presentan como valores religiosos, favoreciendo agendas antiigualitarias. José de Souza Martins tiene razón cuando habla del riesgo de que el electorado acuda a las urnas como un rebaño, ya que los líderes religiosos se refieren a la masa religiosa como “ovejas” de un gran rebaño cristiano ultraconservador.

Ha sido revelador observar a los candidatos a la presidencia de la república, al parlamento, a gobernadores y gobernadoras, y a diputados y diputadas estatales y federales mostrando en sus redes sociales momentos de oración y alabanza. En lugar de presentar propuestas políticas concretas para combatir las desigualdades y defender la soberanía, estos candidatos y candidatas se esfuerzan por mostrar su grado de compromiso con un supuesto estilo de vida cristiano que es moderno en su lenguaje visual y verbal y en su vestimenta de moda, pero ultraconservador en los valores morales y fuertemente alineado con agendas políticas contrarias a la ampliación de los derechos sociales y económicos.

La observación de las campañas electorales de 2026 indica que la relación entre religión y política en Brasil ha ido más allá de la simple instrumentalización entre ambas esferas y se ha vuelto parasitaria. La instrumentalización se limitaba a alianzas puntuales entre partidos políticos e iglesias. En estas alianzas, los votos se negociaban a cambio de privilegios para grupos religiosos, como, por ejemplo, la concesión de medios de comunicación. El parasitismo va más allá de estas alianzas. En la relación parasitaria, los movimientos cristianos, fuertemente vinculados con sectores del agronegocio y con el capital financiero, se alojan en las instituciones democráticas como parásitos, colonizándolas con ideas de extrema derecha. A través de un discurso supuestamente religioso, promueven agendas antiigualitarias y autoritarias. Estas ideas, disfrazadas de creencias, corroen las instituciones desde adentro. Estos parásitos se alimentan de recursos públicos. En este contexto de relación parasitaria entre religión y política, las normas que rigen la relación entre el Estado y la religión se subvierten sistemáticamente, hasta el punto de que la adhesión de los candidatos y candidatas a las creencias religiosas que sustentan a la extrema derecha se convierte en un termómetro para medir la eficacia de las campañas.

Esta relación parasitaria se puede observar de manera más explícita en los partidos que se ubican a la derecha del espectro político, pero también es perceptible en la izquierda. Se observa que, durante los mandatos del Partido de los Trabajadores, se aprobaron leyes y se firmaron decretos que beneficiaron a organizaciones de base cristiana aliadas con la extrema derecha. Ejemplos de ello son la ley firmada por Lula en 2009, que instituyó el Día Nacional de la Marcha por Jesús, y el decreto, también firmado por Lula, en diciembre de 2025, que reconoce la cultura y la música gospel como manifestación cultural y patrimonio nacional, lo que permite que la industria musical gospel y sus plataformas de comunicación tengan acceso a incentivos y recursos públicos.

El paso de la instrumentalización a la relación parasitaria entre religión y política no surge por casualidad; es el resultado de años de trabajo de base realizado en grupos de oración, grupos de estudio bíblico y otros espacios formativos. Es en estos pequeños grupos, llamados “células”, donde se lleva a cabo a diario la formación ideológica de derecha.

El núcleo teológico, político e ideológico de estas formaciones es la idea de que la Iglesia debe recuperar un dominio perdido y asumir autoridad sobre siete esferas de influencia: religión, familia, gobierno, economía/negocios, educación, medios de comunicación, artes/entretenimiento. Según esta interpretación, los gobiernos no son moralmente autónomos. Las autoridades civiles deben rendir cuentas ante Dios. Es responsabilidad de la persona cristiana votar por candidatos y candidatas cuyas propuestas sean coherentes con los valores bíblicos. Las ideas reaccionarias, acompañadas de una subjetividad neoliberal, pasan a entenderse como valores bíblicos. Entre estas ideas se destacan la sumisión de la mujer al esposo, el fomento de una cultura de represión y violencia junto con la valorización del individualismo meritocrático y la defensa de un Estado mínimo. Las universidades se consideran un espacio privilegiado para la participación de los fieles, ya que el pensamiento crítico en las universidades entra en contradicción con las ideas reaccionarias camufladas como cosmovisión bíblica. Si el Estado actúa en contra de la “ley de Dios”, es tarea de la persona cristiana resistir y reaccionar.

Para difundir este marco teológico, político e ideológico, se movilizan amplios aparatos mediáticos, formados por portales de noticias evangélicas, influencers digitales, películas y documentales. Además, se llevan a cabo grandes movilizaciones públicas, tanto católicas como evangélicas, que reclaman un Brasil que pertenezca al “Señor Jesús”, en el caso evangélico, y, entre los católicos romanos, la invocación del reino eterno de Cristo. Ambas se erigen sobre las ideas de la extrema derecha.

Uno de estos movimientos es el One Million Women Brasil, un movimiento cristiano que se moviliza para orar, ayunar y arrepentirse por Brasil. Este movimiento exhorta a las mujeres a ser como la reina bíblica Ester, quien, al convertirse en esposa del rey persa Jerjes I, logró influir en el monarca para evitar que el pueblo de Israel, que se encontraba en el exilio, fuera víctima de una masacre que habría sido autorizada por un decreto real. Ester, por su parte, recibía instrucciones de su primo Mardoqueo. De manera que el movimiento “One Million Women” convoca a hombres y mujeres a actuar como los personajes bíblicos para la salvación de la nación. Aunque las movilizaciones digitales y públicas son la parte más visible del fenómeno, su poder reside en los pequeños encuentros que ocurren en la realidad offline. La metodología de formación y difusión de ideas se da a través de la interacción offline-online. La derecha ideológica nunca ha dejado de llevar a cabo formación presencial de base en los territorios.

Brasil cuenta con una legislación electoral que prohíbe el uso de púlpitos, rituales o estructuras religiosas para promover a candidatos o partidos. Además, el Código Electoral considera que la instrumentalización de la fe y el uso político de los cultos constituyen un abuso de poder, incluso sin una solicitud explícita de votos. A pesar de ello, la legislación electoral autoriza a las candidatas y candidatos a participar en cultos y celebraciones, siempre y cuando mantengan una postura neutral y no conviertan el lugar en una tribuna electoral.

Recientemente, el Tribunal Superior Electoral firmó un pacto con líderes religiosos a favor de la tolerancia, contra el discurso de odio y a favor de la confianza en las urnas, reafirmando que la libertad religiosa no encubre irregularidades electorales.

Aunque la legislación electoral actual se elaboró en un contexto de instrumentalización entre la religión y la política, se entiende que es insuficiente para hacer frente a una relación parasitaria entre estas dos esferas. En las campañas electorales de 2026, se observa que la movilización religiosa de base cristiana se da mediante el recurso a creencias y valores presentados como religiosos. La idea difundida es que las creencias y los valores religiosos afines a la extrema derecha “purifican” una política considerada corrupta y “sucia”.

Lo que caracteriza al año 2026 no es la presencia religiosa en la política —eso no es nada nuevo—. El punto central es la transformación de la relación entre religión y política, que pasa de ser instrumentalizada a parasitaria.

Sin embargo, no es posible atribuir esta transformación únicamente a los movimientos de extrema derecha. Es necesaria una autocrítica. Hace mucho que los partidos de izquierda en Brasil abandonaron la formación política e ideológica de sus militantes. Se dejaron de lado conceptos e ideas relacionados con el marxismo para mantener una actitud democrática más simpática y no amenazante para el orden existente. Desde hace tiempo se vive una depuración ideológica en la izquierda para demostrar que puede ser amigable y aceptada dentro del orden. Del mismo modo, persiste en Brasil una izquierda que se niega a debatir el peso político de las creencias religiosas. Lo que se observa es una izquierda que se ha rendido a la idea de un Brasil para el “Señor Jesús”. Al hacerlo, pasa por alto que la idea presente en la concepción de un “Brasil para el Señor Jesús” no acepta la reforma agraria ni la imposición fiscal a los superricos, favorece la precarización del trabajo y no concuerda con el pluralismo.

Quizás un buen punto de partida para enfrentar el avance de la extrema derecha en Brasil sea volver a las formaciones de base, promoviendo debates políticos y disputando el sentido político de las creencias religiosas, en lugar de ceder terreno simbólico como lo ha hecho la campaña de Lula-Alckmin de 2026, en la que una de las canciones de campaña presenta al presidente Lula como el bien que venció al mal. La canción gospel de la campaña refuerza una imagen mesiánica de Lula, quien venció por sí solo el hambre, los insultos y la cárcel. Una imagen mesiánica que anula por completo la trayectoria de uno de los líderes políticos más importantes de la izquierda latinoamericana y tal vez del mundo.

[1] Texto escrito el 20 de septiembre de 2026.

Artículo publicado en la Revista América Latina en Movimiento No. 563: https://www.alai.info/wp-content/uploads/2026/10/ALenMovimiento_563_oct_2026-28-31.pdf