CHILE. EN HOMENAJE A LA REBELION POPULAR

A 46 años de la “Rebelión popular”, una mirada retrospectiva (más allá del ritual)

octubre 16, 2026

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El Siglo / Santiago de Chile

No se trata sólo de ejercer un ritual nostálgico, sino de carácter terapéutico. Pensar documentadamente sobre la PRP nos permite revisar ciertas definiciones (teóricas y prácticas) que trascienden el periodo histórico en el cual ella surge y se materializa. Por ejemplo, la relación entre lo estratégico y lo táctico, el concepto de democracia, y de socialismo al que se aspira a construir en Chile.

Álvaro Monge Arístegui. Escritor. 16/10/2026.

El 3 de septiembre de 1980 -con motivo de los diez años del triunfo electoral de Salvador Allende-, el secretario general del partido comunista de Chile, Luis Corvalán, pronunció un discurso que, con el transcurrir de los años, se volvería histórico.  Dice, en una de sus partes: “Se crea una situación frente a la cual el pueblo no tendrá otro camino que recurrir a todos los medios a su alcance, a todas las formas de combate que lo ayuden, incluso de violencia aguda, para defender su derecho al pan, a la libertad y a la vida”.  1

Días después, en el espurio plebiscito del 11 de septiembre, sería “aprobada” una nueva constitución. La institucionalización del poder dictatorial expresaba con nitidez el carácter refundacional del nuevo orden político, militar y cultural. La dictadura buscaba no sólo aniquilar la “amenaza marxista” sino, también, modificar las bases fundamentales que habían forjado el desarrollo del país, desde 1925 hasta 1973. Una etapa histórica que tuvo avances significativos y retrocesos parciales para los sectores populares, tanto en lo político como en lo social.

Las bases fundantes del “nuevo Chile” fueron las reformas previsional, laboral, educacional y de salud. Pinochet (y Jaime Guzmán, quien redactó el texto) lo señala con claridad en el discurso de Chacarillas, el 9 de julio de 1979: “Entretanto, la nueva institucionalidad continúa progresando con perfecta coherencia y armonía conceptual, también en lo económico y lo social. Restringir el alcance de la nueva institucionalidad sólo a las estructuras políticas del Estado, implica no comprender su carácter global, que abarca todos los campos de la vida nacional”. 2

Dada la radicalidad de las transformaciones en curso es que la acción represiva no cesó, ni siquiera en el cenit de la euforia pos-plesbicito. Tampoco se concentró sólo en la izquierda. Transcurrido un mes del plebiscito se prohibió el ingreso a Chile del entonces presidente de la Democracia Cristiana, Andrés Zaldívar. Sin embargo, la dictadura no se sostenía -ni se sostuvo nunca- sólo por la represión, o por la posibilidad de ella.  Junto con la institucionalización del régimen operaban una serie de cambios de gran profundidad en las pautas de conducta y en los valores predominantes en la sociedad chilena. La dictadura no era, entonces, “un paréntesis doloroso en una larga tradición democrática”. Tras el plebiscito, la dictadura parecía más invulnerable que nunca. Administrando, además, un paisaje cotidiano monocorde, sin capacidad de proyectar un futuro diferente al de Sábados Gigantes, o El Festival de la Una. En realidad, esta disposición anímica era previa al plebiscito. Un importante ideólogo de la llamada “renovación socialista” -y futuro mentor de la concertación- lo decía en los siguientes términos:

Las cosas se estabilizaron ya en todos los planos; y es desde esta nueva estabilidad desde donde es preciso saber cómo avanzar…Chile ha sufrido una revolución. Con certeza la más drástica en lo que va corrido de este siglo: el punto de vista del futuro es esta nueva realidad, este nuevo escenario en que se desenvuelve la sociedad chilena y cada uno de sus miembros hasta en lo más privado de sus existencias. 3

Inmediatamente después del golpe, el PC había planteado su rechazo de la violencia como medio de lucha contra la dictadura. También había insistido -y lo seguiría haciendo- en la necesidad de la unidad más amplia de la oposición, en particular con la Democracia Cristiana. 4 En vista de aquello es que el discurso de Corvalán produjo tanto impacto. Dentro y fuera del PC, al interior de Chile y en el exilio.  No obstante, este discurso no emergió del vacío. Se inscribía en una lenta y trabajosa modificación de la línea política. Aunque los documentos partidarios insistieran en que “sólo había ajustes tácticos y no cambio de línea”. El primer hito de tal cambio fue una decisión orgánica, que por cierto tendría enormes consecuencias políticas, y sobre la cual -al parecer- no existió una reflexión acorde a sus implicancias. Me refiero a la formación de militantes comunistas como oficiales de ejército en diferentes países socialistas, principalmente en Cuba. El segundo es un hecho propiamente político: el primer pleno del comité central realizado después del golpe, en agosto de 1977. 5 Este desarrolló una interpretación crítica y autocrítica respecto del gobierno de la Unidad popular y del papel del partido durante ese mismo período. Según el documento, la Unidad popular y el gobierno cometieron errores de “derecha” y de “izquierda”. Los principales errores de derecha habrían consistido en una excesiva tolerancia con la sedición golpista y la subvaloración del carácter de clase de las FF.AA. En conexión con lo anterior se constataba la incapacidad de defender -con todos los medios, inclusive el militar- el proceso revolucionario. Eso es lo que se llamó “El vacío histórico”.  El PC asumía como propias estas graves insuficiencias. Y el informe las llama “históricas” porque apuntan a lo que debiese ser una preocupación permanente y estratégica de un partido revolucionario. Por otro lado, los principales errores de izquierda (atribuibles a la mayoría del PS, del MAPU y, desde afuera del gobierno y de la UP, al MIR) derivaban de una comprensión reduccionista de las fuerzas políticas y sociales necesarias para emprender un proyecto de transformación radical. Sectarismo manifestado en la trasgresión continua del programa de la U.P, por ejemplo, a través de tomas indiscriminada de fundos y fábricas, que generaban el distanciamiento, cuando no la directa oposición, de aquellos sectores populares y de capas medias susceptibles de apoyar -aunque fuera de manera coyuntural- al gobierno. 

En el pleno de 1977 intervino el más destacado de los jóvenes oficiales del P.C. Con palabras preñadas de orgullo y solemnidad lo narra Corvalán en sus memorias: 

Cuando salí al exilio me impuse del esfuerzo que habían hecho los compañeros del exterior en la preparación de cuadros militares y cuanto había avanzado el partido en este aspecto. En el pleno habló uno de estos cuadros, Salvador. Desde el fondo de la sala avanzó hacia la presidencia de la Asamblea, se cuadró como militar y, dirigiéndose a mí, habló también como militar. Dijo:

– ¡Compañero secretario general, permiso para dirigirle la palabra al Pleno ¡

Fue ese un momento emocionante.

El triunfo de la revolución sandinista -en cuya fase final participaron oficiales comunistas-, así como la intensificación de la lucha armada en El Salvador, supuso para el P.C. la posibilidad de que la política de rebelión popular (en adelante PRP) fuera un relato político con visos de viabilidad histórica. A los factores antes mencionados se debe agregar el esfuerzo de intelectuales comunistas, como Carlos Zuñiga, Patricio Palma y Manuel Fernando Contreras, entre otros, que intentaron dotar a la PRP de mayores contenidos conceptuales e históricos. Sin embargo, creo, que el factor determinante en la PRP es de naturaleza diferente.  José Miguel Varas lo ha narrado, de manera insuperable. Dice:

En aquellos primeros años del exilio, me tocó participar muchas veces en mítines de solidaridad con los patriotas chilenos y a menudo, junto a las expresiones fervorosas de apoyo, brotaba la crítica más impecable. Una vez, en una escuela de Moscú dio una charla mi amigo Horacio Cepeda (que usaba entonces la “chapa” de Carlos Robles). Al final, ofreció responder algunas preguntas. Se puso entonces de pie de unos 11 años, rubio y vehemente, que le espetó lo siguiente:

“-Entonces, a ustedes les echaron abajo el gobierno, le mataron al presidente y encima, le tomaron preso al secretario general. ¿Podría decirme cómo se las arreglaron para que todo les saliera tan mal?”.

Esta pregunta cruzaba el corazón y el pensamiento de muchos militantes comunistas de aquel tiempo. Es muy probable que la PRP no se hubiese desarrollado sin ese sentimiento de dignidad atropellada, y el consiguiente deseo de luchar. Porque la PRP no fue una decisión burocrática impuesta de manera vertical, ni la actividad frenética de unos dirigentes irresponsables. 

Lo que hemos llamado “viabilidad histórica” de la PRP adquirió consistencia a partir de mayo de 1983, cuando comenzaron las protestas masivas contra la dictadura. Mientras el ciclo de las protestas tuvo su auge la PRP no enfrentó -públicamente al menos- cuestionamientos de fondo al interior del P.C. Sin embargo, ya a fines de 1985, la dictadura mostraba incipientes señales de recuperación económica Por lo menos en los indicadores de mayor impacto social, como el de cesantía.  Esa fue una de las paradojas de definir 1986 como el año en que se podría terminar con la dictadura. Cabe constatar que “el año decisivo” fue una consigna asumida por el conjunto de la oposición antidictatorial. 8  Señaló lo anterior puesto que, en muchos estudios sobre el período, se tiende a considerar que “el año decisivo” fue una consigna exclusiva de los comunistas (y por tanto su fracaso). 

Para el PC la fórmula del “año decisivo” significaba que determinadas acciones armadas debían jugar un rol protagónico en medio de la lucha de masas. Así lo sintetizaba el planteo sobre la “sublevación nacional”. El pleno del comité central de marzo de 1985 (en realidad se efectuó a fines de 1984) había perfilado la “sublevación nacional” como una especie de modelo de enfrentamiento final con la dictadura. Y, sin embargo, 1986 no fue “el año decisivo”.  Luego del exitoso paro del 2 y 3 de julio se produjo el descubrimiento de los arsenales de Carrizal bajo y el fracaso del tiranicidio. Con el país bajo estado de sitio y una represión feroz en curso, la parálisis política, la desmovilización social y el anticomunismo se acrecentaron, dejando al P.C aislado y acosado.  En tal contexto, a fines de 1986 y comienzos de 1987, la dirección del P.C tomó medidas de reestructuración del trabajo militar. Las medidas fueron objetadas por una parte importante de los cuadros del F.P.M.R. Más allá de situaciones específicas (el rol del dirigente tal o cual, el papel de tal o cual estructura) el punto ciego de la argumentación -a mi juicio- giraba en torno al concepto de “voluntad política”, en tanto se responsabilizaba a la dirección del P.C de no tener la “voluntad política” de llevar la PRP hasta el final.  Otros elementos importantes de análisis   -la situación económica, el reacomodo de las otras fuerzas políticas, etc.- no aparecen considerados, o sólo de manera general. El conflicto escondía un supuesto común: el tradicional privilegio comunista en torno a la actividad práctica. En un caso se trataba de mantener el horizonte estratégico de la “sublevación nacional”, en el otro de mantenerse conectado al nuevo cuadro político, marcado por el inminente plebiscito. Aclaremos que exponer los hechos de esta manera sugiere (de modo falso) que el curso histórico se encontraba predeterminado. O, dicho, en otros términos, que las cosas sólo pudieron ocurrir del modo en que ocurrieron.  

Desde su origen el PRP tuvo detractores al interior del PC y de su dirección. Ya sea respecto a sus fundamentos, ya sea en torno a lo que se entendía como “desviaciones” de su sentido original. La amplitud semántica con que fue definida la PRP (“el uso de todas las formas de lucha”) facilitaba las lecturas divergentes. Esto no es ningún secreto. Con motivo de la convocatoria al XV Congreso -a fines de 1988, poco después del triunfo del “No” en el plebiscito- estas divergencias verían la luz pública. La sorpresa, para algunos, consistió en enterarse de que estas discrepancias partían de la comisión política. Tanto así que en 1982 se había previsto un congreso partidario, el que fue suspendido, en vista de la imposibilidad de consensuar un documento de convocatoria. Como lo señalará Gladys Marín, quién encabezaba, desde 1979, la dirección comunista en el interior del país: “Este ha sido un congreso retardado por temores, temor al pensamiento nuevo, temor a las diferencias” 9. Lo indiscutible es que, en enero de 1990, en un masivo acto en el estadio Santa Laura, la misma Gladys Marín pondrá el cierre publico de la PRP, al decir que “es evidente que nuestra actitud frente al gobierno democrático de Aylwin no puede ser la misma que ante la dictadura de Pinochet”.  

Hemos resumido, y por tanto simplificado, una serie de hechos que requieren de un examen pormenorizado. Con ese interés divulgativo (que no quiere renunciar al rigor) es que se entregan datos y fechas que a muchos lectores les pueden parecer repetitivos.   Este artículo forma parte de un trabajo más amplio en desarrollo. Reflexionar sobre el significado y el alcance de la política de rebelión popular es un ejercicio intelectual y políticamente válido.  No se trata sólo de ejercer un ritual nostálgico, sino de carácter terapéutico. Pensar documentadamente sobre la PRP nos permite revisar ciertas definiciones (teóricas y prácticas) que trascienden el periodo histórico en el cual ella surge y se materializa. Por ejemplo, la relación entre lo estratégico y lo táctico, el concepto de democracia, y de socialismo al que se aspira a construir en Chile.

  1. Boletín exterior del Partido comunista de Chile. N°43. Sep-Oct de 1980.
  2. Discurso de Pinochet en Chacarillas el 9 de julio de 1979. Reproducido completo en “El cronista”, 10 de julio de 1979. Santiago de Chile.
  3.  Eugenio Tironi. “Nuevo escenario y oposición”. Revista Análisis N°24. junio de 1980. Santiago.
  4. Por ejemplo, en “El ultraizquierdismo, caballo de Troya del imperialismo”. Declaración de la dirección clandestina del P.C. Santiago de Chile. Noviembre de 1975.
  5. La revolución chilena, la dictadura fascista y la lucha por derribarla y crear una nueva democracia”.  Informe al pleno del comité central del partido comunista de Chile, Rendido por su secretario general, camarada Luis Corvalán. Ediciones Colo-Colo. 1977.
  6.  Luis Corvalán. De lo vivido y lo peleado. Memorias. Editorial Lom, Santiago. 1997. 
  7. José Miguel Varas, Las pantuflas de Stalin y otras historias. Editorial Lom, Santiago. 2016.
  8.  Sólo un ejemplo: “Soy optimista: este año cae”. Entrevista a Enrique Silva Cimma, presidente del Partido radical. Revista Apsi N°175. (marzo de 1986)
  9.  Intervención de Gladys Marín.  En “Intervenciones de delegados al XV Congreso nacional del Partido comunista de Chile, realizado en mayo de 1989”. Ediciones El Siglo. 1989