RIQUEZA Y DESIGUALDAD

La riqueza concentrada
y la desigualdad sin fin

América Latina y Brasil exhiben una de las más perversas concentraciones de riqueza del planeta

Mientras millones de personas luchan diariamente para sobrevivir, una pequeña élite acumula fortunas a un ritmo acelerado. La desigualdad social, que ya era una marca histórica de América Latina, se ha profundizado aún más en las últimas décadas. Desde el año 2000, la riqueza de los multimillonarios latinoamericanos se multiplicó por seis, mientras que la riqueza de la mitad más pobre de la población prácticamente no creció. El resultado es una sociedad cada vez más dividida entre una minoría extremadamente rica y una mayoría que continúa enfrentando dificultades para garantizar condiciones de vida dignas.

En América Latina, los 115 multimillonarios más ricos concentran un patrimonio equivalente a cerca del 10% de todo el Producto Interno Bruto de la región. No se trata solamente de una concentración de ingresos, sino también de poder. Estos grupos controlan grandes conglomerados empresariales, influyen en las decisiones económicas y políticas y ejercen una fuerte presión sobre gobiernos, parlamentos y medios de comunicación. En muchos casos, poseen más capacidad para influir en el rumbo de la sociedad que las propias instituciones democráticamente elegidas.

El escenario brasileño es aún más impactante. Según el Informe Global de Riqueza del Credit Suisse, el 1% más rico de la población concentra el 49,6% de toda la riqueza nacional. Se trata de una concentración superior a la observada en Estados Unidos, donde el 1% más rico posee el 35,3% de la riqueza, y también por encima de India, con el 40,5%. Brasil solo es superado por Rusia, donde esta proporción alcanza el 58,2%.

Los datos de Oxfam son todavía más contundentes. Según un informe presentado al Foro Económico Mundial, el 1% más rico concentra el 63% de la riqueza brasileña, mientras que el 50% más pobre posee apenas el 2%. Más impresionante aún es la situación del reducido grupo que representa apenas el 0,01% de la población y controla por sí solo el 27% de los activos financieros del país. Es una concentración de riqueza incompatible con cualquier concepto de justicia social o de desarrollo equilibrado.

Al mismo tiempo, el ingreso medio mensual real de los trabajadores brasileños alcanzó los 3.367 reales en 2025. Aunque representa una mejora respecto a años anteriores, sigue estando muy lejos de la realidad de las grandes fortunas acumuladas en la cima de la pirámide social. Los ingresos del trabajo crecen lentamente, mientras que las ganancias del capital financiero, las inversiones y la valorización patrimonial avanzan a un ritmo muy superior.

No por casualidad, el presidente Lula ha defendido en los foros internacionales la creación de un impuesto mínimo sobre las grandes fortunas globales. La propuesta de una contribución del 2% sobre la riqueza de los superricos busca corregir una distorsión evidente: los muy ricos pagan proporcionalmente menos impuestos sobre su patrimonio que los trabajadores y consumidores sobre sus ingresos y su consumo. La iniciativa procura reinstalar en la agenda internacional el debate sobre la justicia tributaria y la redistribución de la riqueza.

La concentración extrema de riqueza no es solamente un problema económico. También erosiona la democracia, amplía las desigualdades sociales, limita las oportunidades y reduce la capacidad de los Estados para promover políticas públicas capaces de garantizar educación, salud, vivienda y seguridad para todos. Cuando una minoría acumula casi la mitad de la riqueza nacional, no estamos ante un simple fenómeno de mercado. Estamos ante una estructura de poder que reproduce privilegios y perpetúa exclusiones.

La desigualdad no es obra del azar ni una consecuencia inevitable de las leyes del mercado. Es el resultado de decisiones políticas y económicas que favorecen la concentración de riqueza y de poder. Si la sociedad desea construir un país más justo, democrático y desarrollado, será necesario enfrentar privilegios históricos y colocar la economía al servicio de la mayoría de la población. Ese es uno de los grandes desafíos de las elecciones de 2026 y del futuro de Brasil.

Paulo Cannabrava Filho periodista editor de la revista virtual Diálogos do Sul Global