BRASIL. LA ATROCIDAD DEL ANALFABETISMO

A pesar de los avances en la reducción del analfabetismo absoluto, Brasil convive con una tragedia silenciosa: millones de personas incapaces de comprender plenamente textos, números e informaciones de la vida cotidiana.

Paulo Cannabrava Filho

Brasil sigue cargando una de las más graves deudas sociales de su historia: el analfabetismo. Y no se trata solamente de quienes nunca aprendieron a leer y escribir. La cara más cruel del problema es el analfabetismo funcional, que afecta a tres de cada diez brasileños entre 15 y 64 años. Según el Indicador de Alfabetización Funcional (INAF), el 30% de la población de esa franja etaria tiene dificultades para comprender, interpretar y utilizar informaciones escritas, numéricas y digitales en las situaciones más simples de la vida cotidiana.

El analfabetismo funcional va mucho más allá de la incapacidad de leer palabras. Mide la capacidad de las personas para comprender textos, interpretar informaciones, realizar operaciones matemáticas básicas y utilizar herramientas digitales para resolver problemas cotidianos. En una sociedad cada vez más dependiente de la información y la tecnología, encontrarse en esta condición significa enfrentar enormes obstáculos para conseguir empleo, acceder a servicios públicos, ejercer plenamente la ciudadanía y participar en la vida económica y social del país.

Es cierto que se han registrado avances. Según la Encuesta Nacional por Muestreo de Hogares Continua (PNAD Continua) del IBGE, la tasa de analfabetismo absoluto cayó por primera vez por debajo del 5% de la población de 15 años o más. Aun así, son 8,4 millones de brasileños que no saben leer ni escribir. Una cifra incompatible con la dimensión económica del país y con las promesas de desarrollo repetidas a lo largo de las últimas décadas.

Los números revelan también que el analfabetismo tiene color, edad y territorio. Entre los blancos, la tasa es del 2,8%. Entre negros y pardos, alcanza el 6,5%. Entre los adultos mayores, la desigualdad es aún más impactante: el 20,6% de los negros ancianos son analfabetos, frente al 7,3% de los ancianos blancos. Regionalmente, el Nordeste presenta la tasa más alta, con un 10,6%, seguido por el Norte, con un 5,7%. Las tasas más bajas se encuentran en el Sudeste, con un 2,8%, en el Sur, con un 2,7%, y en el Centro-Oeste, con un 3,3%.

El problema está directamente relacionado con el abandono escolar. Entre los jóvenes que dejaron la escuela o que nunca llegaron a asistir a ella, el 59,3% son hombres y el 40,2% mujeres. Los datos confirman una tendencia observada desde hace años: las niñas permanecen más tiempo en la escuela y presentan mejores indicadores de escolarización.

Las razones del abandono también revelan profundas desigualdades sociales. Para el 43% de los jóvenes, el principal motivo es la necesidad de trabajar. En segundo lugar aparece la falta de interés por los estudios. Entre los hombres, la necesidad de trabajar explica el 54,2% de los casos, seguida por la falta de interés, con un 28%. Entre las mujeres, la necesidad de trabajar cae al 26,2%, pero aparecen factores vinculados a la desigualdad de género: el embarazo, responsable del 24,7% de los abandonos, y las tareas domésticas o el cuidado de otras personas, que representan el 8,6%.

Otra cara dramática de la exclusión es la generación de los llamados “ni-ni”, jóvenes que ni estudian ni trabajan. Son 8,1 millones de personas entre 15 y 29 años, equivalentes al 17,5% de la población de esa franja etaria, un contingente superior a la población total del estado de Santa Catarina, que cuenta con cerca de 7,6 millones de habitantes. Entre las mujeres, la proporción alcanza el 22,8%, prácticamente el doble de la observada entre los hombres, 12,4%. Entre negros y pardos, el índice llega al 19,8%, mientras que entre los jóvenes blancos es del 14%.

Los números son dramáticos en todos los aspectos. Revelan que el analfabetismo, el abandono escolar y la exclusión de la juventud no son problemas aislados, sino partes de un mismo engranaje de desigualdad que condena a millones de brasileños a la marginación económica y social. Ningún proyecto de desarrollo nacional será viable mientras una parte tan significativa de la población permanezca excluida del conocimiento, de una educación de calidad y de las oportunidades de trabajo.

Los números dejan al descubierto una tragedia nacional. Un país que convive con un 30% de analfabetos funcionales, 8,4 millones de analfabetos absolutos y 8,1 millones de jóvenes que ni estudian ni trabajan está desperdiciando su mayor patrimonio: su gente. No habrá crecimiento económico sostenible, democracia plena ni desarrollo nacional mientras la educación continúe siendo tratada como un gasto y no como una inversión estratégica. La lucha contra el analfabetismo y la exclusión escolar debe dejar de ser una promesa de campaña para convertirse en una prioridad permanente del Estado brasileño.

Paulo Cannabrava Filho periodista editor de la revista virtual Diálogos do Sul Global