EL DERRUMBE DEL CONSENSO PRO ISRAEL EN EE.UU.

Por Elvin Calcaño* – Diario Red 

El consenso proisraelí en Estados Unidos está colapsando aceleradamente. Y el trabajo del lobby sionista tendrá que dirigirse a recomponerlo. Lo cual será, en el mejor de los casos, muy difícil.

El estado de Israel tal como lo conocemos hoy se sostiene por una correlación de fuerzas geopolíticas que tiene a élites políticas, financieras y militares occidentales en su centro. Y que el poder de potencias occidentales sería lo que, por un lado, permitiría establecer un estado dirigido por europeos de origen judío en Medio Oriente y, por otro, hacer que permanezca en el tiempo, lo supieron desde el inicio los primeros operadores de lo que hoy es el lobby sionista.

Por ello es que para Theodor Herzl, padre del sionismo, la gente con la que había que convencer estaban en mansiones y grandes oficinas de Londres. No en Medio Oriente y ni siquiera entre la comunidad de judíos centroeuropeos de donde él mismo provenía. Posteriormente, con el surgimiento de Estados Unidos como hegemon planetario tras la segunda guerra mundial, quienes le siguieron a Herlz dirigieron su mirada a los hombres decisivos en Washington. Hoy, a casi 80 años de fundado el estado de Israel, sigue siendo exactamente así. Esto es, lo que sostiene al país hebreo en Medio Oriente (con sus características territoriales y narrativas legitimadoras) es el poder imperial estadounidense. Específicamente el consenso proisraelí imperante en EE.UU. Así, tenemos que entender en qué ha consistido ese consenso.  

El consenso proisraelí se ha sostenido en cuatro grandes marcos que funcionan como justificaciones del Estado de Israel: 1. Israel como país de los sobrevivientes del Holocausto nazi, 2. Israel como única democracia en Medio Oriente, 3. Israel como “start-up nation” que hace grandes aportes a la humanidad a través de la ciencia y tecnología e 4. Israel como la tierra del pueblo de Dios según la promesa bíblica. La primera justificación presenta a un pueblo esencialmente perseguido y víctima de la brutalidad totalitaria que germinó en Europa –y no en Estados Unidos– en el siglo XX. Desde esta concepción Israel es una causa noble que debe apoyarse en nombre del bien y como negación de la barbarie totalitaria.

En la segunda Israel aparece como lo contrario a lo que le rodea: países árabes “atrasados” (el mito del bárbaro oriental) que, en tanto atrapados en el pasado, no puede al interior de estos florecer la democracia. Entendiéndose, en este sentido, la democracia liberal y capitalista como el gran aporte de Estados Unidos a la libertad y prosperidad de la humanidad. En esta mirada, Israel debe apoyarse porque es un proyecto occidental en Medio Oriente. Esto es, una suerte de fuerza civilizacional y modernizante en una zona marcada por la barbarie.

En la tercera visión Israel es un país de personas genéticamente dotadas para actividades complejas como el desarrollo de tecnologías. Aquí la nación hebrea se asume como un lugar de grandes aportes al capitalismo (y a la humanidad) que es necesario defender desde una perspectiva de avance hacia el futuro. Considerando la significativa presencia que tienen estadounidenses de origen judíos en las grandes empresas tecnológicas norteamericanas, pues esta perspectiva cobra una especial fuerza legitimadora. Especialmente en un país que se asume como predestinado y donde las narrativas supremacistas todavía calan hondo en partes de sus élites y pueblo llano.

Y, por último, en la cuarta concepción Israel es nada más y nada menos que el pueblo de Dios. La nación de la biblia que es dueña eterna de esas tierras que hoy ocupa el moderno estado israelí. En esta perspectiva los judíos actuales son descendientes directos de los israelitas antiguos de los que habla la biblia. Por lo que el hecho de que, tras dos mil años “vagando por el mundo”, hayan vuelto a la tierra que les fue prometida, y que encima la hayan hecho prosperar, es el cumplimiento de un mandato divino al cual no puede oponerse el hombre. Los más de 40 millones de evangélicos pro sionistas que hay en Estados Unidos son los grandes defensores y promotores de esta mirada. Quienes han sido siempre pieza fundamental en el proyecto sionista.

El lobby sionista fue construyendo poco a poco cada una de esas justificaciones. A través de la influencia lograda en los aparatos mediáticos y clases dirigentes de EE.UU. las convirtieron en verdades evidentes. Es obvio toda la mitología alrededor de varias de esas justificaciones, así como las hipocresías e inconsistencias que contienen. Pero lo importante, para el lobby sionista, no es que nada de esto sea científicamente demostrable (como que hay un gen judío para la inteligencia) ni históricamente constatable (como una continuidad étnica entre los israelitas bíblicos –que eran cananeos– y los israelíes modernos que son mayormente de origen caucásico centroeuropeo) y menos moralmente coherente (como basar el apoyo a Israel en sufrimientos pasados del pueblo judío, mientras se niega cualquier forma de reconocimientos a los afroamericanos por la esclavitud pasada que sufrieron). Lo que le importa al lobby sionista es que los sectores de poder asuman estos cuatro grandes relatos. Porque saben que el poder, en una sociedad como la estadounidense, es lo que construye verdad; como explican los historiadores judíos Shlomo Sand e Illan Pappé sobre los mitos de Israel.

El problema actual para la agenda sionista es que, especialmente tras el genocidio en Gaza, y ahora con las consecuencias desastrosas de la guerra en Irán, ninguna de esas cuatro grandes justificaciones está convenciendo a la mayoría estadounidense. En días recientes salió una encuesta cuyos datos dejan el futuro de Israel, esto es, la continuidad del proyecto sionista, en suspenso: a día de hoy, mostró aquel sondeo, son mayoría los estadounidenses que tienen una opinión negativa sobre Israel (61%). Siendo la primera vez en la historia que sucede esto (normalmente el apoyo a Israel fluctuaba entre 60 y 70%). Entre segmentos poblacionales como los jóvenes, la negatividad sobrepasa ampliamente el 70%. Incluso, dentro de los republicanos son ya más del 50% quienes tienen una opinión desfavorable sobre el estado hebreo. Siendo los republicanos la base de apoyo fundamental a Israel dentro del ecosistema político norteamericano. Al interior del movimiento MAGA (núcleo duro del trumpismo) hay ahora un fuerte debate acerca de si la política exterior de EE.UU. es dirigida por el presidente Trump o Netanyahu. Con voces como Tucker Carlson, Candance Owen, Joe Kent y Megan Kelly que abiertamente piden que su país rompa todo vínculo militar con Israel. Señalando a este último país como una carga para los intereses vitales del pueblo estadounidense. Y cabe destacar que todos estos personajes son ultraderechistas nacionalistas.

Así pues, el consenso proisraelí en Estados Unidos está colapsando aceleradamente. Y el trabajo del lobby sionista tendrá que dirigirse a recomponerlo. Lo cual será, en el mejor de los casos, muy difícil. Particularmente cuando consideramos cómo es que se crean los grandes consensos en estas sociedades guiadas por el paradigma comunicativo de las redes sociales. Asimismo, todo esto implica que apoyar a Israel ya no es una postura electoralmente ganadora en el ecosistema político estadounidense. Por lo que las futuras medidas de apoyos financieros y militares a Israel (que resultan vitales al estado hebrero para emprender sus guerras y mantener a raya la población palestina) por parte de los presidentes y el Congreso norteamericanos tendrán que dedicar mucho tiempo para explicarse. Y, en política, cuando algo tiene que explicarse mucho es porque cae fuera del marco dominante. Es decir, ya no es sentido común. Y como los políticos estadounidenses lo que mayormente hacen es contar votos, pues el apoyo a Israel podría ser cada vez menos prioritario para candidatos de ambos partidos (demócratas y republicanos). Lo que, efectivamente, deja muy en entredicho la continuidad del estado de Israel. Sobre todo, en los términos territoriales y de superioridad tecnológico-militar abrumadora que tiene con sus vecinos y enemigos de la zona.

*Politólogo dominicano latinoamericanista. Máster en Teoría Política por la Universidad Complutense de Madrid. Formación en Ciencias Políticas en Puerto Rico y México. Investigador, docente universitario y consultor electoral con experiencia de estudios y trabajo en cinco países de América Latina.

AnteriorLa recomposición de las derechas radicales europeas tras Orbán