La ofensiva contra Irán, la respuesta de Teherán y el colapso de las reglas internacionales
Por Paulo Cannabrava Filho
Estados Unidos e Israel iniciaron una ofensiva directa contra Irán, elevando el conflicto regional a un nivel de guerra abierta. Para el presidente iraní, no se trata apenas de un ataque contra su país, sino de una agresión contra el mundo musulmán, especialmente contra los chiitas en distintas regiones. La Conferencia Nacional Panárabe también calificó la acción como una agresión contra toda la nación árabe y musulmana. Al definir el episodio como una declaración formal de guerra, Teherán afirmó que la venganza y la responsabilización de los autores y mandantes del ataque constituyen un deber y un derecho legítimo de la República Islámica.
En la agresión, además de la muerte del ayatolá — líder supremo que estaba en el poder desde 1989 —, cientos de personas perdieron la vida, incluso algunos jefes militares. Multitudes tomaron las calles de las principales ciudades iraníes en señal de duelo. Mientras tanto, parte de la prensa brasileña trató el episodio con frialdad o desprecio, reproduciendo una narrativa que naturaliza la violencia cuando se dirige contra países considerados adversarios de Occidente. La vida humana, sin embargo, no puede jerarquizarse según intereses geopolíticos. El sufrimiento de las víctimas no es selectivo.
La respuesta iraní fue inmediata. Teherán anunció ataques contra bases militares y en los barcos de guerra de Estados Unidos en la región y lanzó misiles contra objetivos israelíes. El conflicto entró en una fase de represalias sucesivas, con un riesgo real de expansión. El cierre del Estrecho de Ormuz — por donde transita cerca de una cuarta parte del petróleo y gas consumidos en el mundo — proyecta impactos severos sobre el precio de la energía y sobre la economía global. Se trata de un punto neurálgico del sistema energético internacional; cualquier interrupción allí repercute en todos los continentes.
En el plano interno, el sistema político iraní no quedó acéfalo. El ayatolá Alireza Arafi asumió como líder interino. El Consejo de Seguridad y las demás instancias previstas por la estructura teocrática asumieron provisionalmente la conducción del Estado mientras se organiza el proceso sucesorio. Existen varios nombres en disputa, y la transición tiende a ocurrir dentro de las reglas establecidas por el propio régimen. A diferencia de lo que sugieren análisis apresurados, el país demuestra cohesión institucional frente a la agresión externa.
Los analistas internacionales divergen sobre el desenlace. Algunos sostienen que una guerra prolongada puede desgastar a Estados Unidos en otro escenario de operaciones en Medio Oriente. Lo que resulta inequívoco es que la escalada actual representa una grave violación de los principios que deberían regir las relaciones internacionales. La Carta de las Naciones Unidas, que prohíbe el uso unilateral de la fuerza, parece cada vez más ignorada cuando entran en juego los intereses de las grandes potencias.
El mundo presencia un nuevo episodio que expone la fragilidad del orden internacional construido en la posguerra. Si prevalece la lógica de la fuerza bruta, sustituyendo el derecho internacional por decisiones unilaterales, se abre paso a un ciclo de inestabilidad permanente. El conflicto no es solo regional; sus consecuencias son globales — económicas, políticas y humanitarias. Está en juego la propia idea de convivencia entre naciones soberanas. E, repetimos, solo habrá paz en el mundo cuando se detener el ansia del imperialismo.
Paulo Cannabrava Filho, periodista editor de la revista virtual Diálogos do Sul Global





