LA GUERRA DE TRUMP CONTRA VENEZUELA FRACASA ANTES DE COMENZAR

Resistencia, sacrificio y la urgencia de la solidaridad activa entre los pueblos

Paulo Cannabrava Filho*

Estados Unidos vuelve a recurrir a la intimidación y al chantaje abierto para intentar someter a Venezuela. Donald Trump anuncia que gobernará el país, ignora su institucionalidad y se presenta como árbitro de un proceso que no le pertenece. No se trata de política internacional responsable, sino de bravuconadas imperiales, propias de quien confunde retórica agresiva con poder real.

La realidad desmiente el discurso. Venezuela sigue bajo control de su administración legítima, con ministerios funcionando, un Estado operativo y capacidad concreta de gobierno. No existe vacío de poder ni colapso institucional que justifique aventuras externas. El país resiste, y resiste defendiendo su soberanía.

La vicepresidencia es reconocida internacionalmente y cumple su papel institucional. El aparato del Estado continúa funcionando a pesar del cerco económico, de las sanciones ilegales y de los intentos reiterados de desestabilización. Trump puede hablar para su base electoral y para los grandes medios internacionales, pero no gobierna Caracas. Gobierna, en el mejor de los casos, el imaginario de un imperialismo en decadencia.

Esta resistencia, sin embargo, no ha sido abstracta ni retórica. Hubo enfrentamientos reales, con un saldo trágico de alrededor de 80 muertos. Entre ellos, 32 ciudadanos cubanos que actuaban en misión internacionalista, en solidaridad con el pueblo venezolano. Son vidas sacrificadas en la primera línea de la lucha contra la agresión imperial. Frente a estas pérdidas, Cuba decretó luto nacional, rindiendo homenaje a sus héroes internacionalistas caídos, en un gesto que reafirma la dimensión ética, histórica y política de la solidaridad entre los pueblos.

Incluso ante la violencia extrema, la narrativa de la resistencia se mantiene. Maduro, detenido, afirma que la victoria será del pueblo. No se trata de una frase vacía, sino de la expresión de una experiencia histórica que ya enfrentó golpes de Estado, sabotajes, bloqueos y tentativas de intervención directa. Ninguna de ellas logró quebrar la columna vertebral del Estado venezolano ni la voluntad de resistir.

El ministro de Defensa, Vladimir Padrino, se pronunció públicamente exigiendo el retorno de Nicolás Maduro y de su esposa, Cilia Flores. China, por su parte, exigió que Estados Unidos garantice la seguridad personal del presidente venezolano y de su esposa, reclamando su liberación inmediata y el cese de las maniobras destinadas a derrocar al gobierno de Venezuela.

La pregunta que permanece en el aire —y que la prensa hegemónica evita enfrentar— es cómo Estados Unidos logró secuestrar al presidente de Venezuela y a su esposa. Se trata de un acto que viola frontalmente el derecho internacional y desmonta cualquier discurso sobre la defensa de la democracia. No hay democracia posible cuando se secuestra a un jefe de Estado soberano.

Ante este escenario, es necesario decirlo con claridad: de los gobiernos, especialmente de aquellos sometidos a alianzas militares, dependencia económica o cálculos electorales, no se puede esperar demasiado. La historia demuestra que la contención del imperialismo nunca provino de la buena voluntad de las potencias, sino de la presión organizada de los pueblos.

Por eso, la solidaridad no puede ser apenas retórica o diplomática. Debe ser activa, concreta y popular. Corresponde a los pueblos del Sur Global —y también a las fuerzas democráticas del Norte— presionar, denunciar, movilizarse y volver políticamente costoso cada acto de agresión imperial. El imperialismo no es solo el enemigo de Venezuela o de Cuba: es el enemigo número uno de la humanidad, porque se alimenta de la guerra, del saqueo y de la negación del derecho de los pueblos a decidir su propio destino.

La guerra de Trump contra Venezuela nace derrotada porque ignora una lección elemental de la historia: los pueblos que resisten y se reconocen entre sí no se rinden. Y cuando la solidaridad deja de ser discurso y se transforma en acción colectiva, el imperio, tarde o temprano, retrocede.

*Paulo Cannabrava Filho, periodista editor de la revista virtual Diálogos do Sul Global