DONALD TRUMP Y LAS INSUFICIENCIAS DEL DERECHO INTERNACIONAL

Trump y las insuficiencias del Derecho Internacional

Por Luis Manuel Arce Isaac

    El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, confirmó que, efectivamente, interceptó, ocupó y llevó a destino diferente a un barco petrolero venezolano cargado de hidrocarburo ajeno que, aseguró, pasará ahora a los inventarios de crudo de Estados Unidos.

     Una clara violación del Derecho Internacional. Pero, no ha pasado nada, más allá de la denuncia de los afectados. Amenazó con seguir haciendo lo mismo, y no solo en Venezuela. De facto, ya admitió también que el objetivo del despliegue militar en el Caribe no es solo Venezuela, sino todo el continente.

    Todo es un acto de piratería en toda regla, Trump lo sabe, como también conoce que dar órdenes para hundir lanchas en alta mar o fuera de las aguas jurisdiccionales de su país, constituyen una acción de corsarios debido a que sus ejecutores están autorizados a hacerlo por orden superior. Es una patente de corso trumpiana para delinquir. Pero eso está prohibido y es penado.

    Esos casos son violatorios del Derecho Internacional y del Derecho Marítimo, pero eso no importa. Uno y otro son simples mecanismos convencionales que, incluso en el hipotético caso de que, si un tribunal fallara en favor de Venezuela, si el Estado violador -es decir, EEUU- no acepta la jurisdicción voluntariamente del órgano competente, la Corte Internacional de Justicia (CIJ), no podrá proceder y todo quedará en la impunidad.

    Ajustarse a esa norma limitativa y contraproducente, no rendir cuenta a nadie, hacer lo que dicten los intestinos y no el raciocinio, es la opción escogida por Trump, lo cual no significa, paradójicamente, que su gobierno se salga del Derecho Internacional pues necesita invocarlo cuando le convenga, y aplicarlo a raja tabla.

      La Asamblea General de la ONU, donde deberían de encauzarse las acusaciones, apenas si es un consolador muro de los lamentos para hacer catarsis donde muchas manos se levantan en favor de quien inculpa, pero al minuto abandonan la sala para tomar café con el representante del imputado.

    ¿Quién cambiará esa dinámica? Parece que, por ahora, nadie. Tampoco es fácil hacerlo, no crean. Imagínense desenredar una red de pescador que se ha hecho un embrollo gordiano que la deja inservible. El pescador no pasa trabajo ni pierde tiempo en recuperarla. La desecha y teje otra o compra una nueva. Es lo que habría que hacer en este caso de las insuficiencias del Derecho Internacional.

                                            ¿Por qué los viola con tanta impunidad?

    Las razones son muchas y casi no vale la pena explicarlas. Por ejemplo, ese derecho -y hasta el nombre es una ficción porque el derecho solo es tal cuando se ejecuta- no es una unidad ni una sábana de lino, sino una hecha a retazos de viejas telas que nuestras abuelas llamaban “de gato” porque se cortaban en cuadritos todos los trapos que iban a botar, los unían con agujetas, y formaban un cobertor multicolor que, además de taparse, servía de cubrecamas.

   El Derecho Internacional, que nació con buena estrella es, en realidad, un conjunto de fórmulas de entendimiento que ni siquiera se entienden, distribuidas en forma de acuerdos en una gran variedad de organismos, tribunales o instituciones, sin una única autoridad coercitiva centralizada a nivel mundial, con poco acceso a sus instancias de control pues están monopolizados por los centros de poder.

    La periferia tiene una participación subalterna y su única significancia es ser, en sentido general, el demandante. El Derecho Internacional es como un buzón de quejas, siempre repleto, pero sin otro al lado con soluciones a las quejas.

    El porqué de la insuficiencia lo ilustra su composición primaria: Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, con cinco países con poder de veto que anula cualquier acuerdo que no les convenga a uno o más de ellos. Puede investigar controversias, recomendar métodos de arreglo, imponer sanciones económicas o embargos de armas, e incluso autorizar acciones militares colectivas contra un agresor, pero, lamentablemente, a conveniencia de quienes lo controlan.

     El control debería de estar en la Asamblea General, pero no es así. Opera a través de su Tercera Comisión y el Consejo de Derechos Humanos, instancias en las cuales se discute y hacen recomendaciones sobre cuestiones que atentan contra los humanos y constituyen violaciones de lo establecido. Pero sus resoluciones no son vinculantes.

    Un ejemplo bien claro que se repite cada año cuando casi toda la comunidad internacional afiliada a la ONU, invocando la violación del Derecho Internacional y los Derechos Humanos, vota contra el bloqueo económico, comercial y financiero que hace 65 años el gobierno de Estados Unidos aplica a Cuba, al punto de ser considerado crimen de lesa humanidad. Pero Washington nunca ha hecho lo que cada año le pide el mundo.    

    Otro ejemplo muy reciente es el del genocidio sionista en Gaza. Hasta el sursuncorda de la paz consideró que Gaza es víctima de un genocidio cuyo objetivo múltiple incluye una limpieza étnica tipo hitleriana, pero los mecanismos del Derecho Internacional incluidos sus tribunales, no lo estiman así.

    Hay otro instrumento fantasmal en el organigrama del Derecho Internacional, la

Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (ACNUDH), que ni siquiera ha levantado un dedo ante las brutales violaciones y crímenes contra los inmigrantes en Estados Unidos. Lamentablemente, no hay forma capaz de citar alguna buena acción en favor de los objetivos para los que fue creada, y ante las barbaridades de Trump, hace mutis por el foro.

    En ese ramo, la peor parte la lleva América Latina pues es Estados Unidos directamente, a través de la Organización de Estados Americanos (OEA), quien lleva las riendas de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, la cual dirige los hilos de las comisiones nacionales en numerosos países, casi todas subordinan a entidades afines estadounidenses.

     A partir de esos instrumentos globales se han creado redes de cortes y tribunales internacionales que responden al mismo guion de una inmoralidad y ética antihumana, en la cual la CIJ es, por decirlo así, su eje central en cuanto a su estatus de órgano judicial de la ONU.

    Peor todavía es la Corte Penal Internacional (CPI), un tribunal presuntamente independiente que juzga a individuos (no a Estados) por los crímenes internacionales más graves: genocidio, crímenes de lesa humanidad, crímenes de guerra y el crimen de agresión, y que jamás tiró un hollejo a los autores de los crímenes de lesa humanidad en América Latina y el Caribe, ni contra las invasiones militares perpetradas por el ejército de Estados Unidos.

                                                  Otra razón más

    Esa impunidad con la cual Trump viola esos derechos, tiene otro motivo más, y en cierta manera es aterrador. El mandatario ha buscado las partes débiles de esos tratados y los ha encontrado, incluso más allá de las normas ejecutivas que hemos enumerado hasta aquí, y es la contraparte que podría realizar acciones para oponerse, denunciarlo e incluso hasta enjuiciarlo y condenarlo y no lo ha hecho con la fuerza y eficacia que debería. Los esfuerzos de disuasión no pueden quedarse en lo virtual, sino pasar a los hechos.

    Esa contraparte es un conjunto de  gobiernos y organizaciones, casi todos en conflicto entre sí, en la parte más desarrollada económica y socialmente del planeta, y son los competidores por antonomasia de Estados Unidos, algunos aliados, otros adversarios, pero el conjunto de ellos, incluido Washington, no buscan remediar de raíz sus encontronazos, sino solventarlos con el menor daño posible, y todos temerosos de que una guerra nuclear explote e incluso la descartan aunque mantengan una competencia fuerte en la carrera militar.

    Está claro, por ejemplo, que la guerra en Ucrania ha sido detenida por todos los actores dentro de la frontera de ese país -por eso la OTAN no actúa directamente en los campos de batalla-, y que el objetivo de Rusia no ee de conquista de esa nación y unirla a su territorio, pues hace rato que lo hubiera logrado. Hasta el propio Putin lo ha dicho. Ucrania es la imagen de una guerra de intereses controlada, y responde a este complicado tiempo en el que la época de cambio se acerca al cambio de época.

    Trump viola el Derecho Internacional con esa óptica de impunidad, de cierto control para que no se desborde y se llegue a los botones rojos que nadie quiere apretar, y trata de imponer sus criterios. Sabe perfectamente bien que los intereses de China y de Rusia no están en el átomo con fines militares, sino pacíficos, y que una interdicción en el vandalismo universal de Trump puede ser muy peligrosa. Ya el poderío militar no se mide por la potencialidad nuclear que cada cual tenga, sino por los niveles de destrucción que provoque y el retroceso a la era cavernaria, porque no habrá ganadores clásicos en una contienda de esa naturaleza.

    Tales criterios destruyen la potencialidad de los objetos del Derecho Internacional y anula sus mecanismos judiciales para hacerlos respetar. La ONU tremola como hojas al viento ante la impunidad, pero a lo único que atina es a lanzar al éter declaraciones sin valor que hace cosquillas en el costillar de Trump.

     Ahora el King, tomando como base de cálculo lo planteado hasta aquí, incluye otro delito punible, la piratería con un arriesgado balón de ensayo que es la captura del petrolero venezolano y anuncio sin ambages del robo de su carga. Cree que le ha salido bien porque no ha habido respuestas de la contraparte que le puede hacer daño, y ya se habla en la prensa de piratería contra petroleros chinos, pero tampoco la ha habido, al menos con la fuerza que debería ser, en el pueblo estadounidense que lo puede sacar de la Casa blanca, y sin embargo no lo ha hecho porque la política del miedo sigue activa, lo ha atemorizado con el ejemplo de la caza humana de inmigrantes y un amago de militarización de cada uno de los 50 estados de la federación.

    Esto no es una visión apocalíptica de la situación, sino un reflector para iluminar el camino y llamar la atención. De todas formas, tarde o temprano, el sistema Tierra estallará desde el volcán en el que se está convirtiendo Estados Unidos con Trump, pero lo mejor es curarse en salud y que el pueblo estadounidense, junto con los demás del mundo que lo apoyarán en masa, tome cartas en el asunto sin llamados a la violencia, sino con la fuerza de las ideas y de un pacifismo firme e inderrotable como aquel de Mahatma Gandhi contra el entonces poderoso imperio británico. Europa debería de ayudar más. Asia también. Estados Unidos está necesita de aplicar la máxima de Andrés Manuel López Obrador: el pueblo pone, pero el pueblo quita.