Por Luis Manuel Arce Isaac
El primer gobierno de Donald Trump, y muy especialmente su derrota ante un hombre senil como Joe Biden quien, para su ego, no le llegaba ni a los tobillos, fue de enseñanza para él, y si se hace una meticulosa comparación con lo puesto en práctica en el segundo mandato, se notará que hay importantes diferencias entre uno y otro en lo tocante a la estrategia política y económica, y objetivos geopolíticos, incluida una visión distinta en la forma de lograr una hegemonía mundial frente a China y Rusia, a cuyos líderes no busca ya retar con la insistencia de imponer un unilateralismo trasnochado en el concierto de naciones, un imposible desde cualquier ángulo que se analice.
Quizás por ello repetía tanto en su campaña electoral que, si él hubiese sido presidente, la guerra de Ucrania no se habría producido, y sembraba esperanzas de que, si le ganaba a Kamala Harris, él podría llegar de inmediato a un acuerdo con Vladimir Putin para ponerle fin.
Se trataba de una mezcla de verdades y mentiras que causaron en el elector estadounidense el efecto deseado, aun cuando corría el riesgo de que sus aliados europeos les pusieran caras largas.
Había mucha oscuridad detrás de las palabras de Trump, pero de todas formas salía a la luz una velada admisión sobre el poder imperialista y su modo de comportarse: el unilateralismo como él concebía, es un imposible histórico, social y económico porque China y Rusia son dos realidades ineludibles con las cuales Estados Unidos tenía que convivir.
El secreto para enfrentarlas de la forma más cómoda y ventajosa estaba, parodiando a Jean-Baptiste Colbert, ministro de Finanzas y colaborador del rey Luis XIV de Francia en el siglo XVII, en “desplumar al ganso para obtener la mayor cantidad de plumas con el mínimo de graznidos”. O sea, evitar más avances geopolíticos chino-rusos, pero sin crear sobresaltos que pudieran activar las ojivas nucleares en tiempos de Inteligencia Artificial.
Es decir, concebidas ya dos criaturas que podrían marcar de manera muy fuerte el futuro de la humanidad, como la Franja y la Ruta y los países BRICS, demostrado en todos los ámbitos el imparable desarrollo tecnológico chino y un manejo excelente de la Inteligencia Artificial no logrado por Estados Unidos, y comprobada la inutilidad de la guerra en Ucrania que no pudo cercar a Rusia ni debilitarla, y en la que China ni siquiera necesitó ayudar a su aliado, Ucrania minimizó el poder y mostró las fracturas de una Europa inservible y una OTAN que no infunde miedo ni respeto.
En tal escenario, lo más juicioso era buscar por medios propios un fortalecimiento de Washington en todo sentido, incluido el militar, pero en especial el económico, financiero y comercial, porque esas eran también armas principales de sus dos colosos adversarios. Era, en esencia, un doloroso reconocimiento de la superioridad inalcanzable de dos potencias aliadas con criterios unificados a la cual Estados Unidos jamás podría igualar, en especial en las condiciones de división interna, fraccionamiento político-ideológico y una conducción errática y discrepante combinada de política interior y exterior por los intereses cruzados dentro de la cúpula de poder, a pesar del éxito de Trump de lograr una convergencia de multimillonarios republicanos y demócratas.
De nada le sirvieron a Trump, al igual que a Biden, los Consejos que, de forma reiterada, les dio Andrés Manuel López Obrador quien, desde una perspectiva muy diferente a las de ambos, les dijo que, si el nuevo mundo que se avenía iba a estar definido por bloques o espacios económico-comerciales como estaban indicando la Franja y los BRICS, la alternativa única era hacer lo mismo con América, es decir, modernizar y fortalecer el T-MEC y, a partir de allí, establecer una convivencia de colaboración y no sometimientos con la parte sur del continente aprovechando todas las ventajas comparativas que ofrece una región extremadamente rica en recursos naturales y lenguas comunes para su comunicaciones, además de rutas poco costosas para el tránsito marítimo y aéreo.
Amlo planteaba la unidad y el respeto de la independencia y soberanía en la diversidad, borrar con la colaboración las asimetrías, y priorizar el diálogo y no la confrontación, pero la fórmula no se avenía con las ambiciones ni los criterios de Trump, aun cuando entendía que la unicidad americana era importante, pero no como resultado de las ideas obradoristas, sino de la Doctrina Monroe.
Aunque parezca insólito, en el horizonte de esa perspectiva de Trump se dibujaba borrosa la silueta de la Doctrina Wolfowitz, aquella propuesta a raíz de la caída de la Unión Soviética y el campo socialista europeo lanzada el 8 de febrero de 1992 por un grupo de ideólogos del sistema encabezado por Paul Dundes Wolfowitz, subsecretario del Departamento de Defensa de los EEUU bajo el gobierno de George W Bush, y uno de los grandes impulsores de la invasión a Irak.
(El nombre oficial de dicha doctrina aún vigente, es Guía de Planificación de la Defensa para los años fiscales de 1994 a 1999 y está sellada en esa fecha, publicada por el Subsecretario de Defensa para la Política de EEUU Paul Wolfowitz y su adjunto Scooter Libby. No estaba previsto que se hiciera pública, pero se filtró al New York Times el 7 de marzo de 1992, y provocó una controversia pública sobre la política exterior y de defensa de Estados Unidos.) Nunca he dudado de que, entre los acontecimientos del 11 de septiembre y la implosión de las torres gemelas, hay una inextricable conexión con esa teoría wolfowitziana al margen del objetivo rapiñoso del petróleo del Oriente Medio, y algún día se sabrá.
En esencia, la doctrina se refiere a lo que entonces se divulgaba del estatus de Estados Unidos como la única superpotencia que quedaba en el mundo tras el colapso de la Unión Soviética al final de la Guerra Fría y proclamaba que su principal objetivo era conservar esa supuesta condición.
Wolfowitz decía: “Nuestro primer objetivo es evitar la reaparición de un nuevo rival, ya sea en el territorio de la antigua Unión Soviética o en cualquier otro lugar, que suponga una amenaza del orden de la que suponía antes la Unión Soviética. Esta es una consideración dominante que subyace en la nueva estrategia de defensa regional y requiere que nos esforcemos por evitar que cualquier potencia hostil domine una región cuyos recursos, bajo un control consolidado, serían suficientes para generar un poder global”. (Texto reescrito en el comunicado del 16 de abril de 1992 de la Secretaría de Defensa). (Nota tomada de doi:10.1177/0094582×06296357. Tyler, Patrick E. (8 de marzo de 1992). «U.S. Strategy Plan Calls For Insuring No Rivals Develop». The New York Times).
En una conferencia en Singapur en mayo de 2003, Wolfowitz declaró sobre la decisión de Bush en Irak: “Veámoslo de forma sencilla. La diferencia más importante entre Corea del Norte e Irak es que, económicamente, en Irak no teníamos alternativa. El país nada en un mar de petróleo”. (The New York Times, edición del 7 de marzo de 1992)
(Consultar también Remarks to the U.S. Military Academy
Author: George Bush, June 1, 2002, Foreign Affairs http://www.cfr.org/world/remarks-us-military-academy/p5664)
Ver además el ensayo de Gaddis reimpreso en Paul Bolt, Damon V. Coletta y Collins G. Shackleford Jr., eds., (2005), American Defense Policy (8.ª ed.), Baltimore, MD: Johns Hopkins University Press.
En ese sentido, en este nuevo mandado, el consejo de los asesores a quien el mandatario republicano raras veces escucha, al parecer lo convencieron de la necesidad de una “nueva” Estrategia de Seguridad Nacional, real o aparente, dirigida a superar las ventajas que se percibían, y se hacían sentir, en la alianza del Kremlin y Beijing y la estrategia compartida con el BRICS.
Su «Make America Great Again» (Hacer a América Grande de Nuevo), aunque no cambió su perfil, si añadió propósitos muy concretos como, por ejemplo, corregir los errores de la Doctrina Wolfowitz y centrar su visión hegemónica en el continente bajo el presupuesto de una defensa de la integridad estadounidense, aun cuando se interpretara que un cierto alejamiento de las ideas de aquel ideólogo se tratase de una derrota de los objetivos políticos y económicos del sistema imperial.
Las polémicas posiciones de Trump con la mayor parte de los países europeos, la búsqueda de un acuerdo de paz en Ucrania con Putin a espaldas de Enmanuel Macron y los demás líderes de la Unión Europea, marcaron, de facto, un incierto detente del genocidio sionista en Oriente Medio, un finiquito de las ideas de Wolfowitz, pero, al mismo tiempo, un renacer de la Doctrina Monroe de América para los Estados Unidos, cosas muy interesantes porque son partes de las evidencias de una debilidad imperial no aceptada pero tampoco ignorada.
Trump se daba cuenta de que sin el dominio de América Latina y el Caribe -como le había sugerido Amlo, pero desde el ángulo de la colaboración, la paz y el respeto mutuo-, el MAGA era un imposible, pues ya no tenía mucho más que ofrecer a millonarios y supremacistas blancos, ante los cambios que estaban transformando al mundo, y ante el avance de la Franja y la Ruta y el BRICS.
Con tal proyección negativa para los intereses de una nueva clase político-empresarial que había reconsiderado el bipartidismo a fin de alejarlo de los esquemas ideológicos tradicionales y concentrarlos en interés comunes de los millonarios de las dos facciones, Trump consideró que la nueva división territorial de sistema Tierra pasaba por la creación de bloques como alertaba Amlo y, al parecer, eso lo animó a crear el suyo propio, y no solamente apoderándose de toda América del Sur y el Caribe por medio de la amenaza militar y el control único desde Wshington, sino del norte también, petardeando el Tratado de Libre Comercio o T-MEC con sus vecinos México y Canadá.
Su idea era readaptarlo a su “nueva” política de seguridad nacional, o simplemente desaparecerlo si no lograba sus objetivos. Pero encontró mucha resistencia no solamente en la presidenta Claudia Sheinbaum, sino también en el nuevo primer ministro de Canadá, Mark Carney, cuyos programas económicos y sociales -en el caso de México- dependían en mucho del estatus actual del T-MEC. La primera mujer presidenta de México tuvo la osadía de enfrentar fase to fase al misógino vecino, y demostrar que su inteligencia y coraje no se podían desestimar.
En sustancia, los principios básicos de la Doctrina Wolfowitz no han desaparecido, aunque el secretario del Departamento de Guerra, Pete Hegseth, admita que ya no son aplicables ante sus grandes rivales, pero sí los son a escala continental, y con ese criterio se desarrolla el despliegue militar en el Caribe, bajo el paraguas de la nueva seguridad nacional estadounidense.
Aquel criterio de conquista, usurpación y ocupación que motivó a Bush hijo a apoderarse del petróleo iraquí, mueve también a Trump para quedarse con el crudo y todas las demás riquezas naturales de Venezuela, y tomar a esa gran nación como punta de lanza para dominar todo el continente. Es decir, aplica una estrategia ya probada y derrotada en Irak.
Pero seamos claros: En el fondo, no se trata de una nueva estrategia inventada por Hegseth, quien no tiene sesos para ello, sino una admisión del fracaso de una política negativa que concitó el odio del mundo, como ocurrió con su apoyo al genocidio perpetrado por el régimen sionista de Israel contra el pueblo palestino, y el de Gaza en particular.
La pretendida ocupación militar del continente es un criminal sueño en una noche de verano. No va a suceder y será derrotada en las arenas caribeñas venezolanas como lo fue una vez en las de Playa Girón, en Cuba. Es, sobre todo, una importantísima muestra de la debilidad del imperio y de su sistema político-ideológico, que no fue capaz de solucionar los problemas ni internos ni externos de ese régimen socioeconómico.
Es desde ese punto de vista histórico y dialéctico que se debe analizar la mal denominada nueva estrategia de seguridad de la Casa Blanca. En pocas palabras: una derrota aplastante del hegemonismo y del unilateralismo a nivel global, que obliga a Washington a reformular sus esquemas de dominación, aunque cada vez con menos posibilidades de éxito porque los tiempos han cambiado mucho, y los pueblos también.
Esa salida que busca Trump para intentar salvar su MAGA y buscar caminos de concreción, menos ambiciosos, pero supuestamente más cortos y teóricamente realizables, no es resultado, repito, del poco capacitado cerebro del capitán jefe del Pentágono, sino de la marcha inexorable de la historia que le está cambiando las prioridades al imperialismo más allá de la voluntad de sus líderes.
Una América Latina destrozada -pues nunca podrá ser ocupada- no hará más fuerte a Estados Unidos, sino todo lo contrario, lo seguirá debilitando, e incluso podría llegar a extremos impensables de guerra civil si continúan las políticas segregacionistas, de discriminación, homofobia y antinaturales, y ansias de militarizar los 50 estados de la Unión, lo cual puede provocar revueltas y una implosión social y económica de tal naturaleza, que el país se balcanice.
Por supuesto que ese cambio de paradigma no ofrece paz, sino guerra, criminalidad, amenazas, locura extrema. Por el contrario, busca legitimar a cualquier costo y contra el raciocinio y el humanismo, actos de fuerza realmente vandálicos, punibles, en cualquier tribunal del universo, como los ataques indiscriminados a las lanchas exclusivamente bajo la no creíble palabra del presidente de que se trata de narcolanchas. Ya la ONU consideró esas acciones un crimen de guerra, pero no se atreve a sancionar a sus autores ni a detenerlos. Todo eso debería ser bien interpretado por el pueblo estadounidense que, ni quiere a Trump, ni a sus guerras, ni a sus sucias mentiras.
Todo esto que está ocurriendo podría convertirse en la última milla de Hegseth y Rubo en el gobierno. No considero que los secretarios de Guerra y de Estado, quienes son las caras públicas de la Operación Lanza del Sur, calienten por mucho tiempo sus poltronas en esas instancias y saben que de la Operación Lanza del Sur depende que concluyan sus respectivos mandatos. Sus incapacidades intelectuales y los fracasos sobre un control militar del continente, los enterrarán en sus propios légamos. Se trata de dos seres insignificantes en el papel de tontos útiles, convertidos en las servilletas de Trump para sonarse la nariz.
Nadie se cree ni se va a creer jamás, las afirmaciones de ambos de que la “nueva” doctrina militar experimentada en el Caribe está encaminada a proteger las fronteras de Estados Unidas por el simple expediente de que no hay fuerzas ni razones en el hemisferio que lo justifiquen, y la pretendida amenaza del narcotráfico y las migraciones, no es tal ni rebasa el intento de un efecto sicológico tampoco logrado.
Cada vez mayor cantidad de voces influyentes en Estados Unidos alertan sobre el riesgo que significaría la aplicación de esta “doctrina”. El periodista Tucker Carlson -decía Alma Plus en su publicación- advirtió que, “en un futuro, Estados Unidos podría enfrentarse a una guerra civil”.
Su argumento está sustentado en las protestas contra el actuar del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) y los disturbios del movimiento Antifa, designado por la Administración de Donald Trump como «organización terrorista».
El capitán Hegseth y el inculto Rubio, desean estar por encima de los generales y líderes políticos, e involucrar a las Fuerzas Armadas de Estados Unidos aparentemente a favor de Trump y los republicanos en este eventual conflicto, pero sus efectos apuntan a lo contrario, a hundirlo, es decir, a perjudicarlo más de lo ya está, al mandatario. En algún momento los dos pagarán sus errores.





