Por Luis Manuel Arce Isaac
El anuncio de la Secretaría de Guerra (renombre bien puesto por Donald Trump a su imagen y semejanza) de Estados Unidos del lanzamiento de la operación militar Lanza del Sur contra América Latina y el Caribe, y la advertencia presidencial de que ya decidió qué va a hacer con Venezuela, pone la responsabilidad de la paz regional en manos de los estadounidenses.
Todo está listo para una agresión regional de conquista territorial, algo que suena loco y aberrante si no fuera porque una y otra declaración están respaldadas por un despliegue militar total en el Caribe, como rampa para llenar de misiles de alto poder destructor y cientos de bombarderos de nueva generación, la bóveda celeste suramericana.
El Comando Sur pasará a la historia como el ejecutor de un asesinato en masa, y todos sus mandos y tropas serán condenados según el Derecho Internacional, el Derecho Marítimo y los Principios de Núremberg, los generales y subalternos del Pentágono como los comandantes que ordenaron la masacre y mandaron a la muerte a sus soldados, porque de que morirán muchos no hay dudas, aunque se trate de ataques por medios técnicos.
Pero, por encima de ellos, Donald Trump, como el cerebro tenebroso que pergeñó la matanza. Será, mejor dicho, ya es, el principal encausado.
Lamentablemente, los ciudadanos estadounidenses que lo permitieron no serán ni excusados ni excluidos del juicio final, porque teniendo en sus manos la posibilidad de impedir una guerra sanguinaria, mezquina, de conquista, inhumana, no lo hicieron.
En una situación como la que han creado Trump, su secretario de Guerra, Pete Hegseth, y su secretario de Estado, Marco Rubio, la batalla contra una nueva neocolonización atroz de América del Sur y el Caribe, no se gana solamente con la heroica resistencia de los agredidos, sino sobre todo con la que libre el pueblo estadounidense en la reconquista de su derecho de castigar y juzgar a quien perturbe su paz interna y ponga al país en el filo de una conflagración que desborde el continente.
Ya se agota el tiempo para evitar una debacle, porque la presencia del Comando Sur y su posicionamiento en las coordenadas para el ataque, es demasiado impactante para considerarlo una fanfarronada, una medida de presión o una reacción contra el narcotráfico que todo el mundo sabe es una burda mentira.
Ya no valen más alertas, ni más esperas por una acción de Naciones Unidas para detener las manos asesinas de Trump, como tampoco detuvo las de su colega sionista Benjamín Netanyahu en Gaza. La ciudadanía estadounidense está obligada a reaccionar.
El pueblo estadounidense -y lo mismo los del resto del mundo-, debe tomar con la responsabilidad requerida el llamado del presidente de Venezuela Nicolás Maduro hace menos de 48 horas, a jugar un papel estelar en el rechazo a los planes bélicos del trumpismo, obligarlo a que “pare la mano enloquecida de quien da la orden de bombardear, matar y llevar una guerra a Sudamérica y al Caribe; detengan la guerra, ¡no a la guerra!”.
Trump parece incapacitado para escuchar porque piensa que es seguro que puede dominar completamente al continente y desestima el sentido preventivo, racional y humano de Maduro, cuando casi le ruega no llevar a Estados Unidos a una guerra interminable, no iniciar nuevos conflictos injustos, y le pide no más Libia, no más Afganistán, no más Irak, no más Palestina, y lo confunde con debilidad cuando debía ser todo lo contrario.
Venezuela le está diciendo al pueblo estadounidense, y al mundo, que la política agresiva y militarista de Donald Trump esta ocasionado un daño irreparable a la legalidad internacional, a las normas diplomáticas y a una paz global que ya casi no resiste más tantos golpes.
Que el pueblo estadounidense sepa, y actúe en consecuencia, que a Trump no le interesa en nada ni el chavismo ni el narcotráfico, sino el petróleo y las demás riquezas naturales de Venezuela y de América Latina y el Caribe en general y que, para conquistarla, está dispuesto a poner en juego hasta la seguridad de su propio país y de su gente. De personas como él, Netanyahu, Rubio y Hegseth, está construido el camino hacia el infierno, y eso no es una parábola.





