EL INCIDENTE PROVOCADOR EN EL CARIBE

El difuso incidente de la ‘narcolancha’ y otras argucias del 

intervencionismo de EU en Venezuela

Por Carlos Fazio (*)

Con las mayores reservas certificadas de petróleo y oro del mundo y 

poseedora de otros minerales estratégicos como el coltán y las tierras 

raras -claves en la disputa geopolítica y por materias primas entre 

las grandes potencias-, Venezuela ha sido el laboratorio de las 

distintas modalidades bélicas y las políticas de cambio de régimen de 

Estados Unidos en el primer cuarto del siglo XXI. El último episodio 

de esa larga cadena de hechos, es el incidente montado por la 

administración Trump el 2 de septiembre, que alude a la presunta 

destrucción de una “narcolancha” en el Caribe, como coartada para una 

escalada militar contra Venezuela.

El martes 2, el presidente Donald Trump publicó en su red Truth Social 

un video aparentemente grabado desde un dispositivo militar, en el que 

se observa una pequeña embarcación —“peñero”, en el argot de los 

pescadores artesanales— con un grupo de personas a bordo. El metraje 

avanza y se observa una explosión y a continuación la lancha encendida 

en llamas. En la publicación, Trump escribió: “Esta mañana, siguiendo 

mis órdenes, las Fuerzas Militares de Estados Unidos llevaron a cabo 

un ataque cinético contra narcoterroristas del Tren de Aragua (TDA), 

identificados positivamente, en el área de responsabilidad del Comando 

Sur”. Agregó que el TDA es una organización terrorista extranjera que 

“opera bajo el control de Nicolás Maduro”. Además, precisó que el 

ataque dejó 11 “terroristas” asesinados, se produjo en aguas 

internacionales y que la lancha se disponía a “transportar narcóticos 

ilegales con destino a Estados Unidos”.

A su vez, el secretario de Estado, Marco Rubio, dijo que el incidente 

se produjo en el sur del Caribe y que había sido un “ataque letal”. 

Rubio respondió con evasivas a las preguntas de los reporteros y 

señaló que el Departamento de Defensa se encargaría de ofrecer más 

detalles sobre la operación, pero entró en contradicción con el jefe 

de la Oficina Oval al mencionar que la lancha se dirigía a Trinidad y Tobago.

El video exhibido por Trump carece de información verificable. Ni 

Trump, ni Rubio, ni el video presentado aportan prueba alguna de que 

la pequeña embarcación transportara drogas, ni que proviniera de 

Venezuela, ni que su destino fuera Estados Unidos o Trinidad Tobago. 

Todo esto fue presentado, al menos hasta ahora, solo en las palabras 

del presidente y su secretario de Estado. Incluso no hay manera de 

comprobar quiénes eran los tripulantes de la embarcación, ni siquiera 

si se trataba de once personas, como señaló Trump. Por lo que podría 

tratarse de una operación de guerra híbrida y psicológica cuyo 

objetivo es manipular la opinión pública y escalar la violencia 

imperial; un incidente fabricado, tal como ocurrió en el Golfo de 

Tonkín en 1964, cuando EU inventó un ataque norvietnamita para 

justificar la escalada de la guerra en Vietnam. Décadas después se 

comprobó que había sido falso.

En la noche de este martes, el ministro de Comunicación de Venezuela, 

Freddy Ñáñez, afirmó que el video publicado por Trump podría haber 

sido creado mediante el uso de inteligencia artificial. “Parece que 

Marco Rubio sigue mintiéndole a su presidente: luego de meterlo en un 

callejón sin salida, ahora le da como ‘prueba’ un video con IA (así 

comprobado)”, escribió en su canal de Telegram. Ñáñez mostró además 

una consulta a Gemini (la inteligencia artificial de Google), a quien 

le pidió analizar el video, la respuesta fue que “es muy probable que 

se haya creado mediante IA”

El incidente de la “narcolancha” se suma a una serie de herramientas 

utilizadas por distintas administraciones republicanas y demócratas de 

EU, para intentar derrocar a los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás 

Maduro, con apoyo de los medios hegemónicos, que operan como aparatos 

de (des)información y guerra sicológica orientados a sostener el poder 

y dominio imperiales.

Por limitaciones de espacio, se ofrece una breve reseña de algunos 

instrumentos cinéticos y psicológicos utilizados por Washington en su 

guerra híbrida contra Venezuela este siglo.

Por lo general, las distintas modalidades bélicas y ocupaciones 

territoriales de EU contra gobiernos y países considerados hostiles o 

indeseables (pero también “aliados” o “amigos”), son precedidas por 

una campaña de intoxicación mediática, dirigida a estigmatizar al 

“enemigo” objeto de la acción propagandística. Así, la manufacturación 

de la leyenda negra de Hugo Chávez y la posterior matriz de opinión 

sobre el populismo radical (general James Hill, Senado de EU, 2004), 

fueron dos instrumentos utilizados en la demonización del expresidente 

de Venezuela, quien fue etiquetado por el terrorismo mediático 

proimperial como “dictador” y “populista”, y bombardeado con epítetos 

clasistas y racistas, como el “golpista Chávez”, “Gorila rojo”, “un 

negro en Miraflores”; y a sus seguidores los llamaron “hordas chavistas”.

Creadas las condiciones subjetivas, siguió el fracasado golpe de 

Estado cívico-militar-oligárquico del 11 de abril de 2002, monitoreado 

por el embajador de EU en Caracas, Charles Schapiro, y el 

subsecretario de Asuntos Interamericanos de la administración Bush 

Jr., Otto Reich, desde Washington, los dos viejos halcones de las 

guerras de contrainsurgencia reaganistas en Centroamérica. La revuelta 

palaciega con olor a petróleo fue apoyada por un grupo de militares 

anticonstitucionalistas que trabajaban para el Pentágono y la CIA y 

por las principales corporaciones empresariales del país, y contó con 

la bendición del Opus Dei y jerarcas de la Iglesia católica local. Fue 

considerado el primer golpe mediático del siglo XXI, porque los tres 

principales medios privados: Venevisión, del magnate Gustavo Cisneros, 

Globovisión y Radio Caracas Televisión sustituyeron de facto a los 

partidos políticos Acción Democrática, COPEI y Primero Justicia. Un 

contragolpe militar-popular restituyó la legalidad en 47 horas y evitó 

el magnicidio de Chávez. 

Fracasada la intentona putschista, entre el 2 de diciembre de 2002 y 

el 3 de febrero de 2003, sectores patronales agrupados en Fedecámaras 

y Conindustria, secundados por la gerontocracia de Petróleos de 

Venezuela (PDVSA), y apoyados por la Confederación de Trabajadores de 

Venezuela (CTV), los partidos de oposición aglutinados en la coalición 

Coordinadora Democrática y los medios hegemónicos privados, 

protagonizaron un “cierre patronal” (lockout) en un nuevo intento por 

derrocar al presidente Chávez. (El lockout es una técnica de sabotaje 

económico utilizado por dueños de empresas para forzar un paro en la 

cadena de producción e impedir a los obreros realizar su trabajo, con 

el objetivo de generar una crisis política, social y financiera, 

promoviendo hambre, caos y desestabilización).

Durante los 64 días del paro patronal se registró la pérdida de más de 

500.000 empleos, el cierre masivo de comercios y quebrantos estimados 

por el orden de 5.000 millones de dólares por la paralización del 

aparato productivo de los sectores no petroleros. Las pérdidas totales 

fueron estimadas en más de 25.000 millones de dólares.

Tras sucesivos intentos de golpes suaves (“revolución de colores”), 

que incluyeron la desestabilización y la guerra económica (el 

desabastecimiento y acaparamiento de productos de primera necesidad) 

para generar caos, violencia fratricida, secesionismo y emigración 

forzada, a la muerte de Hugo Chávez, en 2013, Washington intensificó 

la guerra de espectro completo multiterrenos contra el gobierno 

constitucional de Nicolás Maduro, con eje en el manual TC-18-01 sobre 

la Guerra No Convencional del Pentágono.

En 2014, la iniciativa denominada “La Salida”, impulsada por Leopoldo 

López, María C. Machado y Antonio Ledezma, fue un ensayo de guerra 

civil y revolución de color. Fracasado ese golpe guarimbero, en 2016 

el Comando Sur del Pentágono lanzó la segunda fase de la operación 

Venezuela Freedom (Libertad Venezuela), que bajo la premisa de una 

“crisis humanitaria” provocada intencionalmente de manera encubierta 

en la fase uno del plan, preveía una “intervención humanitaria” con 

apoyo del secretario general de la OEA, Luis Almagro, y un grupo de 

gobiernos vasallos de la región.

Como parte de la estrategia de “cerco y asfixia”, otra de las 

herramientas coercitivas utilizadas por razones de “seguridad 

nacional” (sic) por EU, fueron las sanciones económicas y financieras 

extraterritoriales e ilegales, como instrumento de guerra por medios 

no militares. Las convenciones de La Haya y Ginebra catalogan el 

estrangulamiento de la entrada de divisas por el bloqueo a PDVSA como 

una forma de castigo colectivo a la población civil.

Tras la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, el gobierno de 

Maduro logró sobrevivir a 120 días (abril/julio de 2017) de la más 

brutal ofensiva bélica, que, en el marco de una guerra híbrida, 

utilizó a agentes terroristas, paramilitares y del crimen organizado 

en un despliegue de tácticas irregulares simultáneas, combinadas con 

el uso agresivo de tecnologías de última generación y una élite de 

expertos en guerra electrónica, realidad virtual y propaganda 

“democrática”, con la finalidad de derrocarlo.

El 4 de agosto de 2018, durante una parada militar en Caracas, un 

grupo terrorista atentó con drones DJI M600 cargados de explosivos 

contra el presidente Maduro, en otro intento de conseguir por la vía 

del magnicidio su derrocamiento.

Bajo la tutela de Trump, en una acción coordinada con los regímenes 

cipayos de Colombia, Brasil y Argentina (principales integrantes del 

Grupo de Lima), en enero de 2019 el diputado Juan Guaidó se 

autoproclamó “presidente encargado” de Venezuela, la figura 

paragubernamental necesaria para seguir la hoja de ruta de la política 

de “cambio de régimen” del Comando Sur. Bajo la “gestión” del fantoche 

Guaidó se montó una operación de bandera falsa en la frontera entre 

Colombia y Venezuela, con motivo de la pretendida entrada al país de 

“ayuda humanitaria” de la AID (Agencia Internacional para el 

Desarrollo de EU), planificada para encubrir el intento de establecer 

una cabeza de playa en el estado Táchira, a la manera de un 

“territorio liberado” donde instalar un “gobierno paralelo” y fomentar 

una guerra fratricida.

El 3 de mayo de 2020, un grupo de exmilitares venezolanos en el exilio 

y mercenarios estadunidenses llevaron a cabo la fracasada Operación 

Gedeón, un intento por infiltrarse en lanchas rápidas en Venezuela 

desde Colombia, por las costas de Macuto, una localidad en el estado 

de La Guaira. El objetivo era derrocar a Maduro. La primera ola de 

ataque se saldó con seis venezolanos disidentes muertos, y varios más 

capturados por pescadores de la zona, fuerzas de la policía local y 

luego entregados en custodia a fuerzas gubernamentales; la segunda ola 

fue interceptada por la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB). La 

operación fue planeada principalmente por Jordan Goudreau, un 

estadunidense nacido en Canadá y ex boina verde del Pentágono, que 

fundó la empresa de seguridad privada Silvercorp USA, y por el ex 

general de división de la FANB, Clíver Alcalá Cordones, quien fue 

sancionado por el Departamento del Tesoro de EU en septiembre de 2011 

por, presuntamente, ayudar a la guerrilla colombiana de las FARC a 

obtener armas y contrabandear drogas. En 2013 desertó y comenzó a 

reunir a otros militares venezolanos desertores estacionándolos en la 

Península de La Guajira colombiana.   

El 28 de julio de 2024, día de los comicios presidenciales en 

Venezuela, se activó una nueva fase de la guerra híbrida dirigida a 

desconocer la reelección de N. Maduro y desestabilizar el país para 

imponer un gobierno títere, que combinó la ciberguerra y las 

operaciones encubiertas con la guerra urbana paramilitar, junto con 

una vasta campaña de intoxicación en los medios y las redes sociales, 

que tuvo en Elon Musk, como nuevo actor emergente del complejo 

militar-industrial-financiero-digital de EU, a uno de sus principales 

protagonistas.

En la coyuntura, con base en sendos bulos ideológico-propagandísticos 

de InSight Crime y la Fundación Heritage, se reactivó la delirante 

fábula que ubica a N. Maduro como jefe del Cártel de los Soles y a 

Venezuela como un “narco Estado”, y con información promovida por el 

secretario de Estado, Marco Rubio, y sembrada por la agencia británica 

Reuters, que alude a una operación naval frente a las costas 

venezolanas, que incluye al crucero USS Lake Erie, con capacidad para 

disparar misiles de crucero Tomahawk contra objetivos terrestres o 

antiaéreos; tres buques del Grupo Anfibio Listo Iwo Jima (ARG), que 

transportan entre 4.000 y 5.000 marines; al menos tres destructores de 

la clase Arleigh Burke: el USS Gravely (DDG-107), el USS Sampson 

(DDG-102) y el USS Jason Dunham (DDG-109), todos equipados con el 

sistema de combate Aegis y su radar multifunción AN/SPY-1D. Se puso en 

escena la eventualidad de un ataque inminente contra el país sudamericano.

Ese despliegue naval inverosímil para una guerra a las drogas, activó 

en realidad un nuevo escenario de operaciones psicológicas, que podría 

abarcar ciberataques, sabotajes contra infraestructura crítica y focos 

de violencia urbana armada, como parte de una estrategia de desgaste 

que podría reeditar el fallido operativo mercenario Gedeón en formato 

2025, sin descartar el uso de metodologías bélicas utilizadas por EU y 

sus socios de la OTAN en Siria, Ucrania y Palestina ocupada, incluido 

el uso de drones y la guerra electrónica de última generación, que han 

revolucionado las formas de las guerras actuales.

Desde hace décadas, Estados Unidos ha apelado al discurso antidrogas y 

a la etiqueta del terrorismo como coartadas para justificar 

intervenciones en América Latina y el Caribe. Por lo que hoy se 

presenta como lucha contra el crimen transnacional o el terrorismo no 

es más que una pantomima para revestir con apariencia de “legitimidad” 

lo que en esencia sigue siendo un plan de cambio de régimen en Venezuela.

(*) Carlos Fazio, escritor, periodista y académico uruguayo residente 

en México. Doctor Honoris Causa de la Universidad Michoacana de San 

Nicolás de Hidalgo. Autor de diversos libros y publicaciones.