GAZA. AGOTAMIENTO DE ISRAEL, HIPOCRESÍA DE OCCIDENTE



Paulo Cannabrava Filho*

Lo que ocurre en Gaza es una tragedia de proporciones históricas. Se trata de una operación de exterminio sistemático contra un pueblo que resiste desde hace más de 75 años a la ocupación, al apartheid y a la violencia de un Estado que ha perdido toda legitimidad moral. La ofensiva militar israelí ya superó todos los límites: más de 38 mil palestinos muertos, en su mayoría civiles, mujeres y niños. Hospitales bombardeados, campos de refugiados arrasados, barrios enteros convertidos en escombros. Es la barbarie transmitida en vivo, con la complicidad silenciosa de las grandes potencias.

El mundo empieza, poco a poco, a reaccionar. La diplomacia de algunos países europeos —como Irlanda, Noruega y España— rompió con décadas de neutralidad cómplice y reconoció oficialmente al Estado de Palestina. Otras naciones, presionadas por sus pueblos, ya no consiguen justificar el apoyo incondicional a Israel. La Corte Internacional de Justicia emitió dictámenes contundentes contra la ocupación de los territorios palestinos y el bloqueo a la Franja de Gaza. Hay, por fin, un clamor internacional contra el genocidio.

Pero el problema no es nuevo. El colonialismo israelí es un engranaje del imperialismo euroatlántico. Fue creado por Europa y sostenido por Estados Unidos como puesto avanzado de dominación en el Medio Oriente. El liderazgo israelí actúa como un apéndice de la lógica belicista de Occidente, en nombre de la “guerra contra el terror”, de la “seguridad regional”, del “combate al extremismo”. Todo esto para justificar el robo de tierras, la humillación cotidiana, el apartheid.

Lo que está en juego ahora es más que una guerra: es la quiebra de un proyecto. Israel, que se vendía como la “única democracia de Oriente Medio”, hoy se ve aislado, condenado por organismos internacionales y con su gobierno cuestionado incluso por sus propios aliados. Benjamin Netanyahu, acorralado por denuncias internas y presiones externas, insiste en prolongar el conflicto para salvar su propio pellejo. Pero ni siquiera eso logra sostener: Hamás, incluso bajo bombardeos brutales, no fue destruido —al contrario, ganó fuerza política y simbólica como resistencia.

En este contexto, empieza a tomar forma una alternativa concreta: una misión internacional de las Naciones Unidas que administre temporalmente los territorios palestinos, asegurando la protección humanitaria de la población y creando condiciones para la reconstrucción institucional de una Palestina soberana. Sería una transición necesaria, dada la profunda crisis de representatividad en los liderazgos locales y la destrucción del tejido social. La ONU, con mandato claro y apoyo regional, podría asumir el papel que la ocupación israelí jamás cumplirá: garantizar seguridad, justicia y dignidad para los palestinos.

Estamos ante un punto de inflexión. La masacre en Gaza expuso la hipocresía de la llamada “comunidad internacional”, que siempre tuvo doble vara: una para los aliados de Occidente, otra para los pueblos del Sur Global. Exigieron sanciones contra Rusia por su invasión a Ucrania, pero ignoran los crímenes de Israel. ¿Y qué decir de Estados Unidos, que veta sistemáticamente toda resolución de la ONU que condene a Tel Aviv?

No se trata de apoyar a tal o cual grupo político. Se trata de defender el derecho de un pueblo a existir. El derecho a la autodeterminación, a la dignidad, a la memoria. Gaza no es solo una cuestión palestina. Es un espejo del mundo en que vivimos —y del mundo que queremos construir.

*Periodista y editor de Diálogos do Sul Global – texto elaborado con auxilio del chatgpt