Derrotado por Lula, el senador abandona el país, cuestiona el resultado de las urnas y deja atrás a casi 50 millones de electores. La soberanía popular prevalece sobre la aventura golpista.
Paulo Cannabrava Filho
La historia se repite. En diciembre de 2022, Jair Bolsonaro, derrotado por Lula, viaja a Florida para evitar entregar la banda presidencial a su sucesor. Cuatro años después, su hijo Flávio Bolsonaro sigue el mismo camino. Derrotado en las urnas, abandona el país, denuncia un supuesto fraude electoral y llega al absurdo de autoproclamarse presidente de la República.
Es la manifestación de una tradición golpista que no acepta la soberanía popular cuando el resultado de las urnas contradice sus intereses.
Flávio recibe casi 50 millones de votos. Una votación significativa, que le confiere la responsabilidad de liderar una oposición fuerte y representativa. En lugar de eso, prefiere abandonar el país.
Es una demostración de cobardía política. Más que eso, una traición a la confianza de los millones de brasileños que votaron por él.
Lula gana la segunda vuelta con casi el 52% de los votos válidos, frente a aproximadamente el 48% de Flávio. Una diferencia de alrededor de 4,4 millones de votos. La voluntad popular se expresa en las urnas y debe ser respetada.
El fraude que elige a los propios Bolsonaro
Flávio denuncia fraude electoral. Pero ¿cómo explicar que, de los ocho candidatos de la familia Bolsonaro que participan en las elecciones, cinco resulten elegidos?
El mismo sistema electoral que él acusa de fraudulento garantiza la victoria de sus propios familiares. La contradicción es evidente. Sin presentar pruebas, el senador pretende deslegitimar la victoria de Lula y provocar una crisis institucional.
Queda prácticamente solo en esa aventura.
Hasta Tarcísio de Freitas, gobernador de São Paulo y uno de sus principales aliados, reconoce que, a pesar de la indignación y la indignación de los derrotados, el camino es respetar el resultado de las urnas y seguir adelante.
El refugio del trumpismo
La cercanía entre el bolsonarismo y el trumpismo ayuda a comprender la decisión de Flávio de buscar refugio en Estados Unidos.
Según diversos relatos, utiliza un pequeño avión alquilado, con escala en Guayaquil, Ecuador, para reabastecerse de combustible, antes de continuar hacia Miami, donde se encuentra con su hermano, quien ya defendía su traslado a Estados Unidos en caso de derrota electoral.
El intento de autoproclamarse presidente lleva la marca de los métodos de la extrema derecha internacional, asociados a figuras como Marco Rubio y Steve Bannon, estrategas del movimiento político de Donald Trump.
Lo que está en juego es el intento de trasladar al exterior una disputa política ya decidida por el pueblo brasileño.
La fuga y el temor a la Justicia
Flávio Bolsonaro es senador de la República y dispone de las garantías constitucionales de su mandato, incluido el fuero por prerrogativa de función en los casos previstos por la Constitución.
Existen informaciones sobre una investigación de la Policía Federal, por orden del ministro Alexandre de Moraes, relacionada con sospechas de lavado de dinero y corrupción. La existencia y el alcance de ese procedimiento todavía requieren confirmación documental.
La salida del país no constituye, por sí sola, una prueba de culpabilidad. Pero, políticamente, puede interpretarse como un intento de escapar de las consecuencias de sus actos.
La profesora Fiona Macaulay, especialista en Brasil de la Universidad de Bradford, define la actitud de Flávio como:
“Una increíble confesión de culpa y una falta de valentía que tendrá repercusiones en la marca Bolsonaro”.
La evaluación refleja una contradicción del bolsonarismo: un movimiento que cultiva la imagen de la fuerza y la valentía, pero cuyos dirigentes demuestran enormes dificultades para aceptar derrotas democráticas.
La soberanía del pueblo prevalece
En 2022, Jair Bolsonaro abandona Brasil antes de la toma de posesión de Lula. Se niega a entregar la banda presidencial a su sucesor.
Lula transforma aquella ausencia en un gesto histórico. Recibe la banda de manos de representantes del pueblo brasileño, en una ceremonia emocionante que simboliza la fuerza de la democracia.
Ahora, el hijo repite el comportamiento del padre. Después de recibir casi 50 millones de votos, en lugar de asumir el liderazgo de la oposición, elige el camino de la fuga.
La democracia no exige que los derrotados estén de acuerdo con los vencedores. Exige que respeten la voluntad popular.
Ninguna autoproclamación, ninguna presión extranjera puede sustituir la decisión soberana de las urnas.
Brasil no es una colonia de Estados Unidos. Su destino no se decide en Washington, Miami ni en ninguna otra capital extranjera.
Sigamos todos adelante. La voz soberana del pueblo prevalece.
Paulo Cannabrava Filho periodista editor de la revista virtual Diálogos do Sul Global





