ARDE PARÍS

Federico Saracho[1] / Observatorio Latinoamericano de Geopolítica

Cuando se ha habitado en la Ciudad de las Luces, viene a la mente aquella frase: “París bien vale una misa”. Por más radical que sea nuestra forma de ver el mundo, vivir dentro de la obra final del periodo haussmanniano genera en el espectador un cambio de conciencia por el que bien valdría la pena retrotraerse hacia el pasado, reencantar el mundo y entrar con sus habitantes en comunión, en ecclesia. El fin de semana antepasado, la ciudad, junto con varias de sus hermanas galas, fue un foco de atención global. Los disturbios en París, Marsella, Burdeos y Limoges, que resultaron en unas 2,400 detenciones, se produjeron tras semanas de protestas de estudiantes franceses indignados por el deterioro de las escuelas, la falta de profesores y las sombrías perspectivas laborales. Son momentos álgidos, los cuales siguen sin culminar.  Si contamos todos los incidentes desde el inicio del ciclo escolar, se han realizado más de 6,000 detenciones en diferentes protestas estudiantiles y más de 100 escuelas han resultado dañadas. Entre las imágenes más impactantes está la del fuego engullendo el ayuntamiento de Limoges, obra de inspiración parisina, construida a finales del siglo XIX. El susurro de las llamas parece evocar el pasado: nos deja la impronta de las pétroleuses: mujeres “bárbaras” acusadas de provocar incendios masivos durante la Comuna de París.

El fantasma del pasado simbólico de la ciudad se levantó de forma frenética, doblando en una misma jornada diferentes acontecimientos históricos de la ciudad irreductible: los jóvenes tomaron la Bastilla como en la Revolución, intervinieron las estatuas y levantaron las llamas como en la Comuna, tomaron las calles como en el 68 y vistieron chalecos amarillos como sus padres o abuelos hace menos de diez años. La insurrección de un proletariado en descontento, por las condiciones de su educación, por las posibilidades de su movilidad social y por su pacto poco claro con el futuro, que no pueden ser respetados por el gobierno neoliberal francés. Esa comunión de los vencidos a través del tiempo que se hacen todos presentes mediante la acción.

Y es que la economía francesa se encuentra estancada. Los agricultores se vieron afectados por un verano extremadamente caluroso y seco, mientras que los precios mundiales de la energía avivaron la inflación. La distancia entre las clases se estira hasta la ruptura, de la cual brota la violencia. Un Estado reducido al papel de administrador no puede hacer nada para evitarlo, como un triste apósito intentando cubrir una aorta abierta.

Las “buenas conciencias” nos dicen quiénes son los culpables. Son los bárbaros, los que no pueden gobernarse. Miembros de la ultraderecha, como Jordan Bardella, buscan avivar el odio al exigir que las “milicias antifascistas, los grupos extremistas de extrema izquierda y los grupos del bloque negro” fueran designados como organizaciones terroristas. La idea no era suya; es solo un pobre eco de lo ya realizado por Donald Trump en su país. Lo importante es observar cómo la reacción se afirma también con el rito de la manifestación popular. Adquiere también el mismo lenguaje.

No es de sorprendernos. Las clases dominadas también están hablando entre ellas un idioma propio. Las protestas por la crisis de la vivienda en Madrid mantienen un campamento permanente en la Puerta del Sol desde el 26 de septiembre de 2026, tras una histórica marcha de unas 70,000 personas en la capital. Las manifestaciones en Lisboa y Oporto responden a la misma crisis: el encarecimiento extremo de los alquileres, el aumento general del coste de la vida y el rechazo a los recientes desalojos policiales de los campamentos instalados por los manifestantes en plazas públicas. Las recientes manifestaciones en Guadalajara, Jalisco, se han centrado en exigir agua limpia y potable tras denuncias de contaminación en más de 320 colonias populares y marginadas.

El panorama que desarrolla esta crisis es estructural, en el marco de una desaceleración económica y un ciclo de estancamiento en el sistema-mundo. El FMI prevé que, para finales de la década, la carga de la deuda pública de las economías del G7 supere, en conjunto, su producción económica. Sería la primera vez que esto ocurre desde la Segunda Guerra Mundial.

Sostenemos que, como en 1968, nos encontramos ante una ola transnacional del sistema-mundo, la cual no ha acabado de desenvolverse. Estos movimientos no pueden analizarse correctamente solo con observar las circunstancias particulares y locales de cada uno de los lugares en donde estallaron las protestas y las expresiones, sino que tienen que ser aprehendidos y pensados como parte de un único fenómeno global que gira en torno a las contradicciones de clase, de raza y de género que estructuran el sistema en un momento de mayor tensión.

Para muchos, tomar las calles puede representar la esperanza, un voto por la acción directa y el cambio. En ocasiones, parece que esa lectura es la única correcta. Las movilizaciones de octubre de 2026 en Rumania, los enfrentamientos de ganaderos y agricultores en septiembre contra las restricciones a la exportación y la gestión sanitaria, así como las marchas contra la violencia machista en octubre, llevaron a la destitución del primer ministro Ilie Bolojan.

Sin embargo, es necesario pensar también que estos movimientos pueden ser la antesala de una contrarrevolución que pretende afirmar el viraje a la ultraderecha de nuestros días. Si bien las manifestaciones en Brasil registraron una afluencia masiva de miles de personas en las principales ciudades del país, motivadas por la extrema polarización de la campaña de cara a la segunda vuelta presidencial del 25 de octubre de 2026, estas provenían de ambos bandos políticos: el del presidente de izquierda Luiz Inácio Lula da Silva y el del candidato de ultraderecha Flávio Bolsonaro. Además, este último fue beneficiado por la empresa transnacional Meta, que había dado mayor alcance a su campaña. Se trataba de un pacto de clase al desnudo que, afortunadamente, el pueblo parece haber logrado evitar en las urnas, aunque el desenlace aún queda pendiente, pues Bolsonaro se ha negado a reconocer la derrota hasta el momento.

Donde muchas “buenas conciencias” ven un mundo en llamas que ruega ser controlado, nosotros habríamos de preguntarnos si no estamos viendo, más bien, los últimos tizones encendidos de la esperanza del cambio, antes de que las cenizas los sofoquen: el paso de una derecha neoliberal que se presenta como centroderecha a una ultraderecha abiertamente fascista. Francia se enfrenta a un invierno de descontento en vísperas de las elecciones presidenciales de la próxima primavera. La candidata de ultraderecha Marine Le Pen encabeza las encuestas. Al frente de su partido, Agrupación Nacional, ha intentado introducir el tema de la inmigración en el debate, atribuyendo la violencia a delincuentes de las banlieues francesas, zonas urbanas pobres donde reside gran parte de la población inmigrante del país. Este mensaje ha sido repetido por J. D. Vance, vicepresidente de Estados Unidos, quien busca poner la crisis francesa como ejemplo de los resultados de aceptar inmigrantes y comunistas en tu sociedad. Los bárbaros, siempre ellos, que vienen de fuera para destruir tus casas. La ultraderecha reencanta así el mundo al introducir nuevamente la figura del mal absoluto, de los demonios sueltos en las calles, en el discurso político. Y si bien la prensa francesa rechaza esta lectura, los espectadores del drama fuera de Francia, obnubilados por el miedo, aceptan sin más el discurso de odio. Así, el espectador extranjero afirma su odio local a través de la versión enajenada y tergiversada del drama que vive su vecino: un juego de espejos que impide ver la razón estructural que hilvana todas las miserias que compartimos y cuyo desmembramiento contiene los pasos para nuestra salvación.


[1] Miembro del Colegio de Geografía de la UNAM y del Grupo de Estudios de Geopolítica Macro Region