El espectacular vuelco de Lula demuestra la fuerza de la movilización popular. Ahora, el desafío es gobernar con el pueblo movilizado y enfrentar a un Congreso mayoritariamente conservador.
Paulo Cannabrava Filho
Celebremos con alegría la victoria del pueblo brasileño. El vuelco de Lula en la segunda vuelta fue espectacular. Pasó de una derrota por más de 2,2 millones de votos en la primera vuelta a una victoria por 4.430.191 votos en la segunda. Lula conquistó 10.376.694 votos más entre ambas vueltas y fue reelegido con 64.256.232 votos, el 51,79% de los válidos, frente a 59.826.041, el 48,21%, de Flávio Bolsonaro.
No fue solamente una victoria electoral. Fue una demostración de la fuerza de la movilización popular. En los últimos días de la campaña vimos al pueblo en las calles, con alegría, determinación y valentía, defendiendo la democracia. La Avenida Paulista permaneció ocupada por manifestaciones. En Copacabana y en ciudades de todo el país, multitudes salieron a las calles. Y esa movilización llegó hasta las urnas. En la primera vuelta, más de 33 millones de electores no acudieron a votar. En la segunda, la abstención disminuyó significativamente.
La participación popular fue decisiva para el vuelco. Lula pasó de 53.879.538 votos en la primera vuelta a 64.256.232 en la segunda. Fueron más de 10 millones de votos conquistados entre una votación y otra. La democracia demostró, una vez más, que no se reduce al acto de depositar el voto en la urna. Se fortalece cuando el pueblo participa, ocupa las calles y asume la defensa de su propia soberanía.
Pero el derrotado no puede resistirse a su ADN golpista. Flávio Bolsonaro se negó a reconocer el resultado y anunció que pretende pedir la anulación de las elecciones, alegando que el proceso habría sido tumultuoso. Hubo problemas con el transporte público en algunas ciudades y, ante las dificultades para que todos pudieran llegar a las urnas, se autorizó la prórroga de la votación hasta las 19 horas.
Es precisamente ante este intento de poner bajo sospecha la voluntad expresada en las urnas que adquiere especial fuerza la declaración del presidente del Supremo Tribunal Federal, Edson Fachin: “Es preciso recordar que toda autoridad, todo poder emana del pueblo. Es fundamental que sean respetadas las decisiones de la manifestación de la soberanía popular.”
No hay margen para ambigüedades. El resultado de las urnas debe ser respetado. La soberanía pertenece al pueblo, y la democracia no es un régimen en el que se aceptan las reglas solamente cuando se gana. Cuestionar la voluntad expresada por millones de brasileños sin presentar pruebas es intentar sembrar sospechas sobre la propia democracia.
Las elecciones terminaron, pero la lucha política apenas comienza. Lula tendrá frente a sí un Congreso mayoritariamente conservador y de derecha. Él mismo afirmó que pretende cambiar su manera de gobernar. Y tendrá que hacerlo. La gran lección de esta segunda vuelta es que el vuelco no ocurrió solamente en los despachos, en los programas de televisión o en las redes sociales. Ocurrió, sobre todo, cuando el pueblo se movilizó.
Esa movilización no puede terminar con el recuento de los votos. El pueblo que salió a las calles para defender la democracia no puede simplemente regresar a casa y entregar toda la política al Congreso. Debe permanecer organizado, participando en las grandes decisiones nacionales y presionando a sus representantes. Sin movilización popular será muy difícil modificar la correlación de fuerzas de un Parlamento dominado por la derecha.
La victoria de Lula, por lo tanto, no es un punto de llegada. Es el comienzo de una nueva batalla. Una batalla por la democracia, por la soberanía nacional, por el desarrollo, por la justicia social y por la construcción de un proyecto nacional capaz de devolver al pueblo brasileño el derecho de decidir su propio destino.
Las elecciones mostraron dónde está la fuerza capaz de sostener ese proyecto: en el pueblo. En las urnas y en las calles.
Paulo Cannabrava Filho periodista editor de la revista virtual Diálogos do Sul Global





