PERU. UN SISTEMA INHUMANO

Avant Garde. Resumen Latinoamericano 22 de octubre de 2026.

Qué inhumano es este sistema. Qué maldito. Caminar por Lima —por cualquier distrito, desde el centro histérico hasta las periferias más vastas— es asistir todos los días a una puesta en escena del infierno del capitalismo tardío. La calle como campo de batalla donde se escenifica el drama de una población que se desvive, literalmente, por sobrevivir. Basta detenerse unos minutos a observar, sentir: deliverys en motos que se suben a las veredas sin remordimiento alguno, taxis que revientan tus tímpanos a punta de claxon para llamar la atención, en medio de un tráfico que es pura entropía de cemento y construcciones berrinchudas, ambulantes que desde las seis de la mañana montan sus microeconomías de subsistencia con inventiva y precariedad, mendigos cargando bebés como escudo emocional para pedir limosna frente a restaurantes, jornaleros y asalariados intercambiando su fuerza vital por monedas.

Todos respirando el mismo aire enrarecido, todos trabajando hasta desfallecer. ¿Para qué? Para que otro sector —minúsculo pero insaciable— goce de vidas infinitamente más fáciles, lujosas y aseguradas. El Perú de hoy no es sino el resultado extremo de un proyecto político-económico que normalizó la desigualdad y estetizó la humillación. Un país que venera el “emprendimiento” mientras lo único que le ofrece a su mayoría es autoexplotación. Y en el corazón de esta maquinaria están los intocables: los herederos de los Fujimori, los politicastros de todos los colores reciclados en consultorías y bufetes, los opinólogos de la TV que dictan la línea/agenda desde sus mansiones pagadas merced al laburo de limpiar la cancha a los empresaurios mafias, los banqueros y especuladores. Ellos sí tienen asegurado su linaje, comodidad e impunidad.

El neoliberalismo peruano —ese que nos vendieron como “modelo de éxito”— es, en realidad, un dispositivo de castas modernas: una élite blindada por leyes, medios, religión y policía; y una masa que trabaja, calla, se resigna y que muchas veces aplaude a sus propios verdugos. Porque si algo ha hecho bien este modelo es romper no solo los sindicatos y el salario digno, sino también las condiciones materiales para que las personas puedan pensar. ¿Cómo generar conciencia crítica si no te alcanza ni para el pasaje de regreso? ¿Cómo organizarte si trabajas 12 horas y aún así te endeudas para comer? La precariedad es el nuevo opio del pueblo.

Muchos de los explotados votan por los fachas, por los conservadores, por los mismos de siempre. ¿Por ignorancia? No. Por cansancio. Por manipulación. Porque nadie les enseñó otra opción y porque la progresía se encerró en burbujas universitarias, en ONGs, en debates infinitos. Lejos del meme y del performance, lo real avanza a toda máquina.

La cultura también es cómplice. Vivimos rodeados de arte despolitizado, de discursos izkierdistas light/pasteurizados, de cine de festival, de poesía sin filo. Mientras tanto, las calles siguen siendo espacios de supervivencia, violencia estructural y microfascismos cotidianos. ¿Dónde están los artistas que denuncian con claridad? ¿Dónde la música que golpea, el cine que quema, la literatura que muerde? ¿Las expresiones que queman y resetean el espíritu?

¿Qué hacer entonces? No es fácil pero hay senderos que debemos conquistar:

No seguir trayendo gente al mundo a ciegas. En un país donde la vida ya es un campo minado, procrear por inercia es perpetuar la tragedia. Es traer más esclavos para la matrix. El mandato de ser padre/madre debe ser desactivado.

Activismo más allá de la burbuja. Al tacho el discurso crítico si se queda en el aula, la galería o el bar hipster. Hay que bajar al barro, salir de la zona de confort. Polinizar barrios, descentralizar el pensamiento, hackear la cultura. Hacer activismo que no hable solo a los ya convencidos, a tus compas de la zonas, sino que dispute el sentido común, al albañil, la costurera o la persona con el/la que compartes el menú, el bus o la cola en la posta médica. Intervenir el presente con acción directa, pedagogía radical y alianzas inesperadas.

Recuperar la rabia lúcida. No romantizar la miseria. No estetizar la precariedad. No resignarse al “así es el Perú”. La U es la U. Basta de tolerar. Basta de celebrar lo invivible. Basta de normalizar lo indigno.

Este país necesita otro relato. Uno que no sea de superación individual ni de resiliencia hueca, sino de emancipación colectiva. Si el neoliberalismo es la norma, nuestra tarea es volvernos anormales.

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