La soberanía no se negocia
Hasta un periódico conservador considera inadmisible ofrecer someter la transición de gobierno al escrutinio de una potencia extranjera
Paulo Cannabrava Filho
Hay momentos en que la defensa de la soberanía nacional trasciende las fronteras ideológicas. Eso fue lo que ocurrió con el editorial de O Estado de S. Paulo, tradicional diario de orientación conservadora. Al comentar la carta enviada por el candidato del PL, Flávio Bolsonaro, al secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, el periódico formuló una crítica contundente al contenido del documento y a las implicaciones que tendría para la independencia de Brasil.
Según la correspondencia difundida por la prensa, Flávio Bolsonaro pidió al gobierno de Estados Unidos que desistiera de aplicar aranceles a los productos brasileños y afirmó que, si resulta elegido presidente, pondrá su equipo de transición a disposición de las autoridades estadounidenses para discutir un amplio acuerdo de comercio e inversiones.
Para O Estado de S. Paulo, se trata de un gesto inadmisible. El editorial considera un auténtico despropósito admitir que un gobierno extranjero pueda participar, aunque sea de manera indirecta, en los trabajos de un equipo de transición presidencial. La transición es uno de los momentos más sensibles de la vida institucional de un país. En ella se manejan informaciones estratégicas y confidenciales sobre defensa, economía, relaciones exteriores, inteligencia, infraestructura y planificación gubernamental. No existe la menor posibilidad de que un gobierno extranjero participe en ese proceso sin que ello represente una grave violación de la soberanía nacional.
El propio periódico afirma que una actitud de esa naturaleza rebaja a Brasil a la condición de colonia. Se trata de una crítica significativa precisamente porque proviene de un medio que históricamente ha defendido posiciones liberales y conservadoras. Cuando un diario con ese perfil considera que la soberanía nacional ha sido vulnerada, el episodio deja de ser una simple divergencia partidaria para convertirse en una cuestión de principios permanentes del Estado brasileño.
Independientemente de las preferencias electorales de cada ciudadano, la defensa de la soberanía no puede relativizarse. Los gobiernos pasan; el Estado brasileño permanece. Las relaciones diplomáticas y comerciales deben existir con todas las naciones, incluidos los Estados Unidos, pero siempre sobre la base del respeto mutuo y de la igualdad entre países soberanos. Ninguna potencia extranjera puede participar en la definición del rumbo de un gobierno brasileño antes incluso de que se celebren las elecciones.
Si, antes de recibir el voto popular, un candidato manifiesta su disposición a compartir el proceso de transición con un gobierno extranjero, es natural que surjan dudas sobre el grado de autonomía con el que ejercerá la Presidencia. Un presidente de la República debe gobernar en nombre del pueblo brasileño y de los intereses nacionales, jamás bajo ninguna forma de tutela externa. La independencia nacional no es un detalle de la política; es uno de los fundamentos de la República.
Las elecciones de octubre, por lo tanto, no serán una mera disputa entre candidatos o partidos. Lo que estará en juego será la propia soberanía nacional y la capacidad de Brasil para decidir su destino sin la tutela de potencias extranjeras. No basta con reelegir al presidente Lula. Será igualmente necesario elegir una nueva mayoría en el Congreso Nacional, comprometida con los intereses del país, con la defensa de la soberanía, del desarrollo y de la democracia. Sin un cambio en la correlación de fuerzas del Poder Legislativo, cualquier proyecto nacional seguirá sometido a los bloqueos de una mayoría que, en momentos decisivos, ha colocado intereses ajenos por encima de los intereses del pueblo brasileño.
Paulo Cannabrava Filho periodista editor de la revista virtual Diálogos do Sul Global





