Mientras millones sobreviven endeudados, los grandes bancos continúan acumulando beneficios obscenos y profundizando la dependencia nacional respecto al sistema financiero
Paulo Cannabrava Filho
Los cuatro mayores bancos que operan en Brasil cerraron el primer trimestre de 2026 con una ganancia conjunta de 27.780 millones de reales. Una cifra colosal, obscena, pornográfica frente a la realidad social brasileña.
El campeón absoluto fue Itaú Unibanco, con una ganancia de 12.282 millones de reales en apenas tres meses. Bradesco quedó en segundo lugar con 6.810 millones. Banco do Brasil registró 4.900 millones, mientras que Santander alcanzó 3.788 millones de reales.
Son cifras que escandalizan a cualquier ciudadano mínimamente atento al drama vivido por la mayoría de la población brasileña. Millones de familias continúan atrapadas en deudas, pagando intereses usureros, mientras pequeñas y medianas empresas enfrentan enormes dificultades para producir, invertir y sobrevivir.
El sistema financiero se transformó en el verdadero centro de poder del país. No produce alimentos, no genera desarrollo industrial, no crea soberanía tecnológica. Vive de la especulación, de la deuda pública, de las altas tasas de interés y de la transferencia permanente de riqueza de la sociedad hacia los grandes grupos financieros.
Al mismo tiempo, el escándalo que involucra al Banco Master revela el grado de infiltración de ese poder en las estructuras políticas nacionales. Las denuncias que involucran al empresario Daniel Vorcaro y su proximidad con figuras centrales del poder político muestran cómo el capital financiero actúa directamente sobre el Estado.
Las denuncias sobre el uso de inmuebles, tarjetas de crédito, viajes internacionales y pagos mensuales de medio millón de reales en favor del senador Ciro Nogueira, presidente del PP y ex ministro de la Casa Civil del gobierno Bolsonaro, refuerzan la dimensión del escándalo. La proximidad entre ambos revela una relación de absoluta promiscuidad entre intereses privados y el aparato político. En la práctica, Ciro Nogueira aparece como un verdadero amancebado político de Vorcaro, orbitando permanentemente alrededor de los intereses del grupo financiero dentro de las estructuras de poder.
Más que un caso aislado, esto revela el engranaje estructural que une al sistema financiero con sectores importantes de la élite dirigente brasileña.
El resultado es un país sometido a la lógica del rentismo. La economía deja de servir al desarrollo nacional y pasa a funcionar exclusivamente para garantizar las ganancias del mercado financiero. Es la dictadura del pensamiento único impuesta por el capital financiero, donde todo gira en torno a los intereses de los bancos, de los especuladores y de los grandes fondos.
Mientras tanto, Brasil continúa prisionero del bajo crecimiento, de la desindustrialización, de la dependencia externa y de la desigualdad social.
No habrá una salida verdadera dentro de esta lógica. El país necesita un proyecto de salvación nacional capaz de romper la subordinación al capital financiero y recolocar en el centro de la agenda el desarrollo autónomo, sostenible y soberano.
Eso exige recuperar la capacidad de planificación del Estado, fortalecer la producción nacional, invertir en ciencia, tecnología e infraestructura, y garantizar que el sistema financiero esté subordinado a los intereses de la sociedad y no al contrario.
La lucha, en el fondo, es por la liberación nacional. Porque sin soberanía económica no existe democracia real. Y sin romper el dominio absoluto del capital financiero, Brasil continuará siendo una nación rica condenada a convivir con la pobreza, la dependencia y la injusticia social.
Paulo Cannabrava Filho periodista editor de la revista virtual Diálogos do Sul Global





