El crecimiento de las iglesias, su articulación electoral y el riesgo de captura del Estado en un año decisivo
Paulo Cannabrava Filho
El crecimiento de las iglesias evangélicas en Brasil ha dejado de ser apenas un fenómeno religioso para convertirse en un factor central en la disputa política. En año electoral, esta presencia adquiere aún más peso y plantea una preocupación evidente: estamos ante un proyecto organizado de poder.
Hoy, los evangélicos ya se aproximan a cerca de un tercio de la población brasileña, con proyecciones que indican un crecimiento continuo. Este avance se expresa en cifras contundentes. La Asamblea de Dios reúne alrededor de 12 millones de fieles; la Congregación Cristiana en Brasil, más de 2 millones; la Iglesia Universal del Reino de Dios, 1,9 millones; la Cuadrangular, 1,8 millones; Dios es Amor, 845 mil; además de diversas otras denominaciones que, en conjunto, alcanzan a millones de brasileños. Entre las iglesias tradicionales, destacan los bautistas, con cerca de 3,7 millones, y los adventistas del séptimo día, con 1,5 millón, además de luteranos, presbiterianos y metodistas.
Este contingente no está disperso. Viene siendo sistemáticamente trabajado en el terreno político. El Partido Liberal (PL), por ejemplo, mapea estas iglesias con el objetivo de transformarlas en una base electoral organizada. Los liderazgos religiosos asumen un papel directo en la política, orientando el voto y movilizando a los fieles. Un caso emblemático es el de la Asamblea de Dios Vitória en Cristo, del pastor Silas Malafaia, que ya ha declarado su apoyo al senador Flávio Bolsonaro, proyectado como candidato a la Presidencia de la República, llevando esa influencia directamente al corazón de la disputa electoral.
Pero este movimiento no puede analizarse solo en el plano doméstico. En A Nova Roma, muestro cómo Estados Unidos se consolidó como una potencia imperial también mediante la instrumentalización de la fe. Gran parte de estas denominaciones tiene origen en Estados Unidos y porta una visión teológica que no es neutra: se trata de la teología de la prosperidad y, en muchos casos, de la llamada teología del dominio, que desplaza el foco de la justicia social hacia la legitimación del poder y la riqueza.
Este avance contrasta con el papel histórico de la teología de la liberación, que acercaba a la Iglesia Católica a los sectores populares y ponía la fe al servicio de la transformación social. Lo que vemos ahora es una inversión: la religión utilizada como instrumento de conformación y control.
Existe además un componente geopolítico que no puede ser ignorado. En un estudio reciente, el periodista Leonardo Wexel Severo demuestra cómo determinadas sectas religiosas actúan articuladas a intereses externos, funcionando como una extensión de estrategias políticas, incluso vinculadas al Estado de Israel. En países como Guatemala, este proceso se desarrolló bajo un clima de terror y represión, muchas veces silenciado por los medios hegemónicos.
En Brasil, señales de ese alineamiento aparecen en el uso recurrente de símbolos de Israel en cultos y actividades religiosas, presentados como referencia espiritual incuestionable. Sin embargo, este discurso puede operar como un instrumento de despolitización y desvío de foco, mientras se construye, en la práctica, un proyecto de ocupación del poder.
La situación es crítica. Más que nunca, el desafío es llevar a la población la verdad de los hechos, romper el velo de la manipulación y del uso político de la fe. En año electoral, corresponde exigir al candidato de las fuerzas democráticas no solo resistencia, sino un proyecto claro de salvación nacional —capaz de recuperar la soberanía, reafirmar el carácter laico del Estado y devolver a la política su compromiso con el interés público.
Paulo Cannabrava Filho, periodista editor de la revista virtual Diálogos do Sul Global





