25 DE ABRIL. LA REVOLUCIÓN EN MI IDIOMA


Memoria de un reportero ante la euforia que tomó Portugal

Paulo Cannabrava Filho

Yo estaba en Moscú cuando ocurrió el 25 de abril de 1974 en Portugal. Me quedé entusiasmado. Una revolución en mi idioma.

No lo dudé. Salí corriendo. Logré llegar a Lisboa el día 27. Y lo que encontré fue una experiencia fantástica.

La población estaba en estado de euforia. Se manifestaba de todas las maneras posibles — en las calles, en las plazas, en los mítines. No era solo en la capital. Era en todo el país. Había un clima de transformación en el aire, una sensación concreta de que la historia se estaba haciendo allí, delante de nuestros ojos.

Participé en mítines, acompañé asambleas, conversé con trabajadores. Actuaba como reportero en el Diário Expresso, un diario expropiado y administrado por una cooperativa de trabajadores. Era, por sí mismo, una expresión de aquel momento.

Pero lo más impresionante era convivir con el pueblo portugués en aquella euforia revolucionaria. Porque había, de hecho, una euforia revolucionaria. Un sentimiento colectivo de ruptura.

La revolución, como se sabe, fue hecha por soldados y oficiales que hasta entonces combatían los movimientos de liberación en las colonias africanas — Guinea, Cabo Verde, Angola, Mozambique. De repente, esos mismos militares dejan de combatir y vuelven sus armas hacia adentro, para derribar el régimen.

Y el pueblo responde con un gesto simbólico que dio la vuelta al mundo: distribuye claveles a los soldados. Los fusiles pasan a llevar flores. Está aquella imagen emblemática — un niño sosteniendo un fusil con un clavel en el cañón. La fuerza transformada en símbolo de paz.

Pero aquella euforia fue, poco a poco, contenida. El proceso fue amortiguado, aplacado. El gobierno que se instala no es un gobierno revolucionario, sino una coalición de carácter socialdemócrata, con Mário Soares.

Aun así, lo que se vivió en aquellos días fue único. Una revolución hecha por militares, abrazada por el pueblo, y marcada por una imagen que lo sintetiza todo: la sustitución de la violencia por la esperanza.

Cada 25 de abril, esa memoria vuelve a ocupar las calles. La población toma la principal avenida de Lisboa en celebración. Desfila, recuerda, reafirma. Y allí, entre banderas y voces, aparece también la presencia simbólica de un tanque de guerra, recordando que aquella revolución tuvo origen en los cuarteles — pero encontró su fuerza definitiva en el pueblo.

Paulo Cannabrava Filho, periodista editor de la revista virtual Diálogos do Sul Global