Por Luis Manuel Arce Isaac
Con el intento de la creación de un denominado Consejo de Paz convirtiendo a Gaza en laboratorio de los procedimientos necesarios para liquidar a la Organización de Naciones Unidas como la máxima institución rectora del Derecho Internacional y el subsecuente orden mundial, Donald Trump pretende dar un mensaje terminante: la era democrática acaba de concluir.
Cuando horas después del secuestro del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, le preguntaron que si tenía algún límite en acciones de esa naturaleza, Trump respondió enfáticamente: “Sí lo hay. Yo mismo”. Es decir, más allá de él, nada ni nadie.
De esa forma se reafirmaba, como hizo en el Foro de Davos, dictador, “porque hay momentos en que es necesario serlo” como respondió a un periodista que lo tildó de tirano. Ya para entonces había demolido la democracia interna con la ocupación militar de varuios estados, en especial Minnesota, y el orden mundial con el apoyo a la matanza en Gaza, el hundimiento de barcos en el Caribe y el Pacífico, el descomunal despliegue militar en las aguas caribeñas, los bombardeos a Irán y Nigeria, el mantenimiento de guerras de diversas intensidades en medio centenar de países, y amenazas de abandonar Naciones Unidas como ya hizo al salirse de 66 organizaciones internacionales y entidades multilaterales, 31 vinculadas a la ONU y 35 fuera de ese sistema.
En palabras más tenebrosas, Trump abandonó abruptamente el orden mundial, incluidos todos los factores de diálogo y equilibro que han mantenido la paz hasta ahora, y empujó a la comunidad internacional a un cambio, en ejecución, de las relaciones globales en el que mezcla pólvora y poder económico y financiero como base de lo que está proponiendo de hecho a la humanidad: una nueva repartición territorial en la cual todo el hemisferio occidental, desde Groenlandia hasta el Cabo de Hornos, pertenecería a Estados Unidos.
A esa idea responde su no reconocimiento al actual orden internacional, lo cual implica ignorar totalmente todo derecho generalmente aceptado hasta ahora, y las instituciones que le dan cuerpo, como si se tratara de una renuncia al unipolarismo y al multipolarismo al mismo tiempo, en favor de una nueva división territorial en la que la mitad del planeta sería estadounidense, su supermonarquía, su enorme fuero hipercolonial.
Con ello no solo cambia la empaquetadura del imperialismo que hemos conocido hasta este cuarto del siglo XXI, sino también su contenido, porque los valores y paradigmas ni siquiera serán los clásicos del liberalismo y el neoliberalismo, sino los neomonárquicos que están construyendo los multimillonarios en los cuales no figuran términos como la democracia, institucionalidad, partidos, sindicatos y otros tradicionales, y serán sustituidos por los derivados de la tecnocracia en la cual radicará el verdadero poder. Incluso hasta lo que hoy conocemos como Estado puede cambiar o desaparecer o adoptar una nueva estructura sin poderes del demo, como el legislativo y el judicial.
Dentro de ese contexto, que ya no es tan fabulativo ni imaginario, se pueden considerar todas las arbitrariedades y violaciones del estatus social vigente, cometidas por Trump en apenas un año, incluido el bombardeo y secuestro de Maduro, y las amenazas a Groenlandia, Cuba, Colombia, Canadá, México y otras naciones, con tal impunidad como si ya la división del mundo en dos mitades se hubiese consumado.
Numerosos pensadores en el mundo hace tiempo que debaten sobre la fase de transición del modo de producción en el que nacimos y nos desarrollamos, pero sin hacer cábalas del que está por venir, ni incluso si será para mejor o para peor. Sin embargo, con las apetencias del equipo de multimillonarios que gobierna a Estados Unidos, queda claro que, al menos para ellos, la autocracia, sea del signo que fuere, marcará la diferencia.
Lo importante a tener en cuenta es que la extrema derecha logró en todos estos años de posguerra desde 1945 a la fecha, tomar el poder en todos los continentes y consolidarlos después de la década de los años 90 del siglo pasado con la desaparición de la URSS y del campo socialista europeo, y es, por tanto, el principal actor de la nueva era, y todo lo que está pasando se mueve en su marco legal y político, el cual no ha desaparecido.
Es como si el capitalismo se estuviera reajustando, echando a la basura todas las leyes que le permitieron sus niveles de control y dominación del mundo, y que ha llegado el momento de renovarlas porque se han convertido en piedra de traba de su propio desarrollo. La democracia, por ejemplo, pasó ya a ser un concepto revolucionario a favor de la independencia y soberanía no solo del individuo, sino de la nación, y lo mismo sucede con los sistemas de derechos y deberes. Así que, en su óptica, debe ser desterrada por la autocracia, descebrada o molida como pienso para los cerdos.
Todo quien luche porque se respete y se aplique es para ellos un reaccionario y merece ser castigado, en especial quienes se opongan a que sus derechos soberanos sean pisoteados y su independencia degollada. Y eso es válido para los 50 estados de la Unión que rechazan ser controlados y administrados sus recursos desde la Casa Blanca, y por ello los militariza.
Lo que hace Trump es posible gracias a que, en las últimas ocho décadas, desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta hoy, Estados Unidos logró un control enorme de las tecnologías más avanzadas militares y civiles mediante organizaciones creadas a su imagen y semejanza como el Fondo Monetario y el Banco Mundial e incluso la propia ONU, y en particular de las comunicaciones y su cultura falática, que le permitieron distribuir sus ideas por todo el mundo, obligar a usar sus mismas vías de transmisión y envenenar al ser humano con ellas donde quiera que se encontrase.
Es decir, universalizaron el esquema de poder y mando capitalista y los instrumentos para difuminarlo con los cosméticos que la embellecieron y crearon una imagen de ensoñación gringolizante de la cual ni siquiera las antiguas URSS y China se pudieron liberarse.
Ahora, en estos nuevos tiempos, se están usando contra Estados Unidos esos mismos factores para recuperar lo bueno que aportaron, pero solo gracias a que la correlación de fuerzas ya no puede unívocamente beneficiar a Washington como en aquellos tiempos. Luchar en favor de la democracia, aunque sea representativa, hoy en día es, contraproducentemente, una posición revolucionaria frente a la neomonarquía y la autocracia de Donald Trump.
Su relativa debilidad, tanto su cultura de hojalata pero embriagadora que dominó gran parte del mundo, como política, ideológica e incluso económica y militar, respecto de sí mismo, sea tan evidente, que Trump tiene que recurrir a la fuerza bruta para imponer sus ideas y lograr sus objetivos.
¿Qué queda por hacer? ¿Sentarse a esperar que Trump termine su trabajo y lo continúe quién ni se sabe cuándo lo sustituya? Por supuesto que no, pero las alternativas son pocas, y todas ellas pasan por la resistencia a dejarse engatusar por los cantos de sirena de la Casa Blanca y sus acólitos, ni por las terribles amenazas que no deja de lanzar nuca, algunas con demostraciones concretas y sanguinarias como los asesinatos en altamar, el bombardeo puntual, secuestros como el de Maduro, despliegue militar violando el derecho marítimo, y otros muchos, para crear ese nuevo y encontrar al final -como la fábula del arcoíris- su nueva olla de oro en el sometimiento de países caotizados por su barbarismo.
Es necesario, como están haciendo en Minneapolis, defender la vigencia de los derechos humanos e internacionales, los principios de independencia y soberanía, de la institucionalidad de las naciones y del mundo, oponerse al vasallaje de la culta Europa y los tradicionalistas japoneses y surcoreanos, que el sur global ocupe el protagonismo que le corresponde en el cambio para que este tome un curso diferente al deseado por el gran capital, impedir que tome cuerpo un nuevo hiper imperialismo que lo quiera controlar todo, y no solo la economía.
Llegó a la humanidad global la hora de luchar para impedir que la ambición de enriquecimiento acabe con la atmósfera que nos protege y el planeta se convierta en una bola invivible, repensar en todo esto como nuevos paradigmas y rescatar los viejos desechados por inservibles, en primer lugar, los relacionados con la independencia y soberanía nacional, y enfrentar no con armas, sino a pensamiento, parodiando a Martí, la batalla de ideas a las que nos reta el nuevo hipercapitalismo con el que sueña Trump para convertir la vida del hombre como especie, en pesadilla infernal .





