EL 15 DE OCTUBRE EN MI MEMORIA

EL 15 de octubre en mi memoria

Por Pedro Martínez Pírez

MONCADA

Aunque el 15 de Octubre la ONU celebra el Día Internacional de la Mujer Rural, y yo me he sumado muchas veces a esa conmemoración mediante trabajos periodísticos, esa fecha constituye para mí, cada año, el recuerdo de dos graves hechos que marcaron mi vida para siempre:  el fallecimiento en 1959 en la ciudad de Santa Clara de mi padre, Enrique Martínez Pérez, a los 62 años de edad, y el infarto agudo de miocardio que sufrí en La Habana el domingo 15 de octubre de 1995.

El fallecimiento de mi padre era esperado pues dos años antes, en la ciudad de Matanzas, en la casa de su sobrina Delfina Martínez, había estado al borde la muerte por un derrame cerebral que le dejó como secuela una parálisis en la parte izquierda de su cuerpo, de la cual nunca pudo recuperarse.

Fueron dos años en que mi padre me esperaba para que al final de la jornada laboral lo bañara o afeitara, le cortara las uñas o lo llevara a hacer sus necesidades al baño, en el modesto apartamento interior en que vivíamos con mi madre, Igna,  y mi hermano adolescente, Alberto, en la Calle Nazareno entre Alemán y Juan Bruno Zayas, en Santa Clara. Yo era entonces el único sostén económico en la casa, con un salario mensual bruto de 85 pesos, que se reducían a 76, como Escribiente en la Sección de lo Civil de la Audiencia de Las Villas, empleo que había ganado por oposición.

Mi trabajo en la Sección de lo Civil de la Audiencia de Las Villas me permitió conocer a varias personalidades, entre ellas el Magistrado Antonio Viera Machado, de la Sala de lo Civil,  y a los abogados Osvaldo Dorticós Torrado y Mariano Rodríguez Solveira. Este último mi profesor de Derecho Civil en la Universidad Central “Marta Abreu” de Las Villas, y desde 1960 Embajador de Cuba en Ecuador, quien me propuso como su secretario  en Quito, a donde viajé luego de pasar un curso de habilitación en la sede del Ministerio de Relaciones Exteriores, en La Habana.

Pero el derrame cerebral sufrido por mi padre me impidió realizar el proyecto que había convenido con mi compañero de Zaza del Medio, Edel Martín, quien laboraba como mensajero en una farmacia de Santa Clara,  de irnos juntos a la guerrilla del Escambray, pues en la Casa de Huéspedes donde compartimos habitación, en la calle San Miguel entre Juan Bruno Zayas y Villuendas, conocimos a Eduardo Vigistain, militante del Directorio Revolucionario, quien era oriundo de la provincia de Ciego de Avila.

A Eduardo, a quien le decíamos El Gordo, lo tomaron preso en Santa Clara y, según las orientaciones que teníamos, me correspondió a mí avisarle a un tío militar del Ejército de Batista que vivía en la ciudad de Placetas para que evitara las torturas que con seguridad le aplicarían los sicarios que lo habían detenido en  Santa Clara, e intercediera en favor de su excarcelación de su sobrino.

Años después del triunfo de la Revolución visité a Eduardo Vigistain en su casa de Ciego de Avila, donde se desempeñaba como integrante del Buró Provincial del Partido Comunista de Cuba. Y recordamos el viaje que hice a la ciudad de Placetas, de noche, para avisarle a su tío, un militar antibatistiano, así como el riesgo que corrí yo al ser detenido por una pareja de militares vestidos de civil que me llevaron a la Jefatura, donde afortunadamente estaba de guardia y de Jefe un teniente que estudiaba conmigo en la Escuela de Comercio de Santa Clara, en el curso nocturno para trabajadores.

Recuerdo que me acompañó después a tomar el ómnibus para regresar a Santa Clara, y al despedirme me dijo: “Estás vivo de milagro, porque quienes te detuvieron son sicarios muy crueles al servicio de la dictadura de Batista”.

Nunca olvidaré esta anécdota porque confirma que muchos uniformados de la época eran, como mi amigo José Ramón Fernández, militares dignos y patriotas.

Y Edel Martín, quien participó con las fuerzas del Directorio en la toma del Cuartel 31 de Santa Clara, en los días finales de diciembre de 1958, me visitó en La Habana luego del triunfo de la Revolución para decirme que su sueño era estudiar para convertirse en  piloto de aviones Mig. Con ese propósito supe que viajó a la antigua Unión Soviética a prepararse, y al retornar años después prestó servicios en la Base Aérea de San Antonio, hasta su fallecimiento víctima de cáncer. Un amigo que no olvido, muy valiente, trabajador y modesto.

Pero la muerte de mi padre dejó un gran vacío en mí. El había sido amigo de Antonio Guiteras, Juan Bosch, Onelio Jorge Cardoso y Raúl Ferrer. No se sentó nunca en la parte de los blancos en el Parque Leoncio Vidal de Santa Clara como protesta por la discriminación racial imperante en la república neocolonial. No votó nunca en las elecciones por la politiquería existente hasta el triunfo de la Revolución. Fue “un hombre sin huecos”, como lo calificó el ex presidente dominicano Juan Bosch. O el Chaplin cubano, como lo consideró el narrador Onelio Jorge Cardoso, o “el hombre más gracioso de la tierra”, como dijo de mi padre el gran educador y poeta comunista Raúl Ferrer.

Gracias a mi padre conocí a Luis Carbonell, quien estrenó en La Habana en 1949 una de sus estampas titulada “Carta Negra”, que fue muy popular en la época. También le debo a mi padre haber conocido al declamador villaclareño Severo Bernal, quien recitaba los versos de mi padre dedicados al patriota Quintín Banderas, y que tanto gustaban al poeta Manuel Navarro Luna, nacido en la provincia de Matanzas, pero que creció y se desarrolló en la oriental ciudad de Manzanillo.

Tengo muy gratos recuerdos de mi padre, quien fue también mi mejor amigo.

Nos educó a los cinco hermanos junto a mi madre, castorce años más joven que él, y a quien había conocido en la norteña ciudad de Caibarién, en la antigua provincia de Las Villas.

Antes de que yo naciera en Santa Clara, el lunes 22 de febrero de 1937, mis padres dieron  refugio en su casa, situada entonces en la Carretera a Camajuaní, al líder antiimperialista Antonio Guiteras Holmes, quien fue el padrino de confirmación de mi hermana mayor, Igna Sofía, nacida el 17 de mayo de 1932.

Con Raúl Ferrer, Onelio Jorge Cardoso, Severo Bernal, Juan Bosch y Luis Carbonell, mantuve una fraterna e íntima relación a lo largo de los años luego del fallecimiento de mi padre. Con Luis viajamos a Puerto Rico desde el puerto de Santiago de Cuba, en el barco “Vietnam Heroico” a los Juegos Panamericanos celebrados en San Juan, del primero al 15 de julio de 1979. Él como parte de la delegación cultural, yo como periodista. En esa travesía de aproximadamente tres días, Luis me comentó que hacía veinte años no salía de Cuba. La delegación cultural cubana a los VIII Juegos Panamericanos, estuvo integrada también por personalidades como Cintio Vitier y su esposa Fina García Marruz, así como el profesor guatemalteco residente en Cuba Manuel Galich.

A Onelio Jorge Cardoso, Raúl Ferrer, Luis Carbonell y Juan Bosch,  los entrevisté especialmente para un programa que fue difundido en 1988 por Radio Habana Cuba, Radio Progreso y Radio Rebelde con motivo del noventa aniversario del natalicio de mi padre, de origen campesino, oriundo del poblado matancero llamado hoy Juan Gualberto Gómez. De mi padre aprendí muchas cosas, en primer lugar a no discriminar al negro por el color de su piel, tampoco a los homosexuales, y a no confiar en los políticos de la época anterior al triunfo de la Revolución, aunque a pesar de su delicado estado de salud en 1958 tenía esperanzas en los guerrilleros que encabezados por Fidel Castro, luchaban contra la tiranía batistiana en la Sierra Maestra.

Foto en blanco y negro de un grupo de personas de pie

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El primero de izquierda a derecha es mi padre, Enrique Martínez Pérez, amigo entrañable de Onelio Jorge Cardoso. La foto fue encontrada en el archivo personal del declamador Severo Bernal, el único que declamó en vida el poema “NEGRO EN TRANCE”, que evoca la lucha del patriota Quintín Banderas, quien fue cruelmente discriminado durante la intervención yanqui, y después, por el gobierno colocado por Estados Unidos a partir del 20 de mayo de 1902. fecha del surgimiento de la República mediatizada en Cuba.

Enrique Martínez Pérez fue un rebelde que repudió la politiquería, el racismo, la demagogia, el oportunismo, y reivindicó siempre al trabajador y al campesino, personajes principales de su poesía.

Sus versos aparecieron por primera vez publicados en una Antología del Soneto en Cuba, obra del investigador Samuel Feijóo editada por la Revista Islas de la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas.

Siempre recuerdo a Enrique Martínez Pérez, un hombre digno que sembró en mí las primeras ideas revolucionarias, éticas, de dignidad y de amor a la Patria. Un hombre “sin huecos”, como lo definió su amigo Juan Bosch, frase que está, junto a las de Raúl Ferrer y Onelio Jorge Cardoso, en su modesta tumba en el Cementerio de Santa Clara, donde también reposan los restos de mi madre, su compañera de toda la vida y de mi hermano Alberto.

Y fue una gran concidencia que yo sufriera un infarto masivo de miocardio el domingo 15 de octubre de 1995, treinta y seis años después del fallecimiento de mi padre.

Era yo entonces Diputado Nacional, electo en 1993 para un quinquenio por el Municipio Plaza de la Revolución junto al antiguo compañero del Ministerio de Relaciones Exteriores  Ricardo Alarcón, quien ejerció la Presidencia del Parlamento cubano durante dos décadas.  

El infarto me sorprendió dos años después, durante un almuerzo en la residencia de la ecuatoriana Marta Valencia, viuda del Embajador Carmigniani, en el Reparto Náutico de La Habana, y entre los invitados figuraban Saskia, la hija mayor del pintor Oswaldo Guayasamín, y su esposo Alfredo (Cachito) Vera, Director de Relaciones Internacionales de la Fundación Guayasamín, un viejo amigo que había sido Ministro de Educación en 1988 durante el gobierno de Rodrigo Borja, y después lo sería, en otros Ministerios, en los dos mandatos de Rafael Correa.

Cachito venía a La Habana a que el oftalmólogo  Miguel Mockey le implantara dos córneas cubanas en el Hospital Hermanos Ameijeiras. Mockey era amigo de la familia y habia atendido como oftalmólogo al pintor Oswaldo Guayasamín, entrañable amigo de Fidel Castro, quien posó para el artista ecuatoriano en cuatro ocasiones.

Recuerdo que el infarto me comenzó por el estómago. Pedí un vaso de leche pensando que algo me había caído mal durante el almuerzo. Pero al darme cuenta que comenzaba a sufrir un infarto decidí llevar en mi automóvil Lada a Cachito y su esposa Saskia al hospital Hermanos Amejeiras y de ahí dirigirme al Cardiovascular, aunque mi compañera Esperanza Alvarez me sugirió que fuéramos al Hospital Calixto García, que estaba más cerca en ese angustioso recorrido.

Durante el desplazamiento desde el Reparto Náutico hasta el Hospital Hermanos Ameijeiras sentí entumecidos los brazos y las manos, y Saskia insistía en conducir ella el Lada hasta el hospital

Luego de dejar al matrimonio amigo en su hospital, que le servía también de residencia, decidí ir hasta el Instituto de Cardiología y Cirugía Cardiovascular, en la Calle 17 de la barriada de El Vedado. Ya eran las seis de la tarde y en el Cuerpo de Guardia había una doctora, que por ser domingo, estaba con su pequeño hijo. Ella, que si no recuerdo mal se nombraba Karina,  me hizo un electrocardiograma, y las últimas palabras que le escuché antes de despertar en la sala de terapia intensiva, fueron: “Sí, tiene un infarto, y lo vamos a atender inmediatamente”.

Me mantuvieron durante cuatro días en el salón de terapia intensiva donde los enfermeros me lo hacian todo. Logré sobrevivir y pasar a una sala donde estuve otros ocho días. Recibí un trato exquisito y muy profesional,  y antes de darme el alta médica me practicaron una coronarografía, comunmente llamada la prueba del catéter, realizada por el doctor Lorenzo Llerena, quien años después ejercería como Director del Instituto.

Nunca olvidaré lo que me dijo el doctor Llerena, en medio de la coronarografía, cuando el catéter pasó por la vena aorta: “Martínez Pírez que tortuosa tienes tú la aorta”.

Según supe después el catéter no pudo llegar hasta la arteria circunsfleja izquierda, donde estaba la obstrución, y la decisión de los médicos fue  que yo realizara una sistemática rehabilitación en el Centro del Instituto dirigido por el eminente cardiólogo Eduardo Rivas Estany, y allí estuve varios años durante los cuales solía celebrar con otros pacientes y médicos la fecha del 15 de octubre. 

La rehabilitación resultó un proceso altamente positivo para mi salud. La realizaba de lunes a sábado de cinco a seis de la tarde, luego de la jornada laboral. Y en el Centro coincidía en ocasiones con el amigo italiano Mauro Casagrandi, a quien había conocido y entrevistado para la televisión cubana como uno de los agentes infiltrados en la CIA. Esa amistad con Mauro y con el doctor Rivas, perdura hasta hoy.

Lo positivo del infarto agudo de miocardio que sufrí el domingo 15 de octubre de 1995 fue que dejé de fumar, un mal hábito que adquirí desde mis años de adolescente, cuando comencé a trabajar en la ciudad de Santa Clara.

De ahí que sean tres los hechos a recordar cada 15 de octubre: el fallecimiento de mi padre, el infarto masivo de miocardio que estuvo a punto de acabar con mi vida a los 58 años de edad, y algo trascendente para mi salud: haber dejado de fumar cuarenta años después de que en mi ciudad natal, Santa Clara, llevara a mis labios el primer cigarrillo cubano de tabaco negro, que fueron siempre mis preferidos.

La Habana, 15 de octubre de 2021.