UN DESPUÉS DEL CORONAVIRUS, SIN GLOBALIZACIÓN NEOLIBERAL


Por Luis Manuel Arce Isaac

México.- La pandemia de coronavirus SARS-CoV2, responsable de la Covid-19, abrió los ojos a la humanidad para mostrar de la forma más cruda que el mundo está en un irreversible cambio de época.

  Se asocia ese proceso no a la pandemia como tal, sino a un derrumbe de la globalización neoliberal surgida en la década de los años 80 del siglo pasado durante los gobiernos de Ronald Reagan en Estados Unidos y Margaret Thatcher en Reino Unido. Alguien entonces la denominó Riganomics.

  Quienes endilgan al SARS-Cov2 la crisis económica actual y la quiebra del neoliberalismo simplemente buscan un chivo expiatorio de lo que ocurre desde mucho antes de que emergiera la Covid-19 con su brutal secuela de muertes.

 Como señaló recientemente el teórico ruso Alexander Dugin, la globalización neoliberal “se derrumba de manera definitiva, rápida e irrevocable” desde que su versión monárquica, financierista anglosajona y unipolarista, murió antes de que se produjera el Brexit. Sólo que no estaba sepultada.

 Ya en esa época muchos teóricos comenzaron a vislumbrar la necesidad de crear un nuevo mundo post-globalista sobre los escombros del globalismo neoliberal.

  Para refrescar la memoria, recordemos que la idea básica de Thatcher y Reagan fue la internacionalización de la economía con el fin de ampliarle el horizonte a las grandes transnacionales y hacer más abarcador su dominio de los mercados comerciales y financieros, y garantizar con ello el poder político de Washington y Londres.

  El trato consistió en coordinar políticas para alejar obstáculos a la expansión económica y financiera, aunque hubiera que pasar por encima de los derechos de todo tipo, e incluso usar la fuerza militar como hicieron de forma conjunta en Irak años después George Bush y Anthony Blair, y como han seguido haciendo los demás presidentes de Estados Unidos, hasta llegar a Donald Trump.

   Esa pretendida globalización conecta con lo que en aquella época se denominaba interdependencia económica, es decir, las relaciones que se establecen entre las naciones en los procesos globales de producción, las finanzas y el comercio.

   La interdependencia económica actuaba, y lo sigue haciendo, como una fuerza endógena cuyo núcleo rector es la policolaboración multilateral.

 Por el contrario, el sistema económico único que propiciaba el neoliberalismo lo hacía por encima de la comunidad como un estado supranacional, lo cual desató entre los propios aliados europeos y estadounidenses una peligrosa guerra proteccionista que repercutió de forma muy negativa en el sistema monetario internacional en las crisis de los años 890 y 90 y luego en la de 2008.

   Vista como un esfuerzo para que las empresas transnacionales fortalecieran el control de ese universo de relaciones para afianzar su hegemonía, la globalización neoliberal debía contribuir a que el acelerado proceso de fusión de diferentes ramas de la economía y de la ciencia, no necesariamente ligadas entre sí por ciclos tecnológicos, no afectara el sistema sociopolítico que les servía de base ni generara nocivas guerras comerciales entre aliados. No fue así.

  Esa globalización atribuida a ambos gobernantes, no es expresión de la interdependencia económica vital entre las naciones del mundo, sino de lo que Frei Betto califica de globocolonización, o la dependencia económica y política moderna al imperialismo de una buena parte del mundo.

  Esa globocolonización es un reflejo de la división internacional capitalista del trabajo basada en el neocolonialismo y contrarias a la integración lograda por gobiernos progresistas contra los que se lanzaron con toda fuerza para acabar con ellos como ocurrió en Paraguay, Honduras, Argentina, Brasil, Ecuador y finalmente en Bolivia.

   Con la salida del Reino Unido de la UE a la que Londres contribuyó a crear, la situación se le complica a los gestores de la globocolonización porque con la victoria del Brexit se tambaleó más el andamiaje montado desde la época de la Thatcher y Reagan y se están verificando los temores de entonces de que derivaría en una nueva crisis económico-financiera que impedirá mantener actualizada la globalización.

  La llegada al escenario político de una persona inescrupulosa, poco brillante y de la fragilidad mental de Donald Trump, incapaz de abrir sus oídos a los propios aliados, no hizo feliz a Europa y con sus desplantes sacó a la superficie el gran rechazo popular a la Unión Europea que en los 27 países miembros y la insatisfacción en las clases sociales medias y pobres que votó por la salida británica.

   Aunque realmente viene sucediendo desde la época de Reagan, es bajo la de Trump donde más se ha sentido la pérdida de soberanía nacional que conlleva la UE y la cual ha hecho que esta Europa no sea la de los pueblos, sino la de las empresas financieras y de los grandes conglomerados económicos, como lo deja en evidencia la epidemia de Covid que hubiera sido menos letal si el neoliberalismo no le hubiera hecho tanto daño al sistema estatal de salud.

  No puede extrañar en lo absoluto que se escuchen voces que clamen por una desglobalización impensada hace solo unos años como resultado de una descomposición de la empresa transnacional y una quiebra de los mecanismos de exportación de capitales, espina dorsal para la reproducción ampliada sin la cual el modo de producción capitalista es insostenible.

 La crisis económica que ya estaba presente, y que destapa más la guerra petrolera iniciada por Arabia Saudita que la paralización de la vida productiva ocasionada por la Covid-19, marca no solamente el derrumbe del neoliberalismo, sino sobre todo la necesidad de su sustitución porque el canibalismo del mercado actual bajo el reinado de las transnacionales ni debe ni puede continuar.

  Es claro que el mercado, como hasta ahora, no puede imponer más las reglas del juego, ni puede constituirse en el organismo regulador, el agente activo de una actividad de la que depende casi en forma absoluta la humanidad.

  Obligatoriamente el comercio tiene que pasar a ser un sujeto pasivo, regularizado y no regularizador, para lo cual se necesitarán nuevos estándares y paradigmas en las relaciones internacionales en los que la ganancia no podrá ser el objetivo principal.

 De facto, ese cambio está ocurriendo en alguna medida pues actores principales en la economía mundial como China, Rusia, Irán y otros, operan bajo conceptos diferentes a la globalización neoliberal, con una óptica multilateralista que incluso no requiere de un centro de atracción como ese gran ensayo de un nuevo orden conocido como La Franja y la Ruta que impulsa Beijing.

  El SARS-CoV2 tiene la virtud de dar nacimiento a nuevos valores y paradigmas en la relación humana más cercanas al corazón y al sentimiento, y será la plataforma para el lanzamiento de una estructura política, económica e ideológica nueva, en la que será imposible la sobrevivencia de actitudes mezquinas e inhumanas como las de castigar severa y cruelmente a otros, e incluso instigar a la guerra y la violencia, mientras más mortal es la pandemia.

  Se hablará de un antes y un después del coronavirus, y la soberanía se convertirá en el valor más alto de las naciones. Quedará eliminada la autocracia y la autarquía será blasón universal en un mundo post global que se construye sobre las ruinas de un modo de producción más letal y virulento que la Covid-19.
lma