EL CORONAVIRUS EXTREMAUNCIÓN DEL CAPITALISMO NEOLIBERAL

Por Luis Manuel Arce

México.-

Fue el Fondo Monetario Internacional el que confirmó y difundió la noticia: La pandemia del coronavirus llevó a la economía mundial a una recesión, y serán necesarios fondos masivos para ayudar a las naciones en desarrollo.

   El lacónico anuncio lo hizo el viernes 26 de marzo la directora del FMI, Kristalina Georgieva cuando ya en Italia y España los muertos por Covid-19 alcanzan el millar cada 24 horas.

    Pareciera como si el SARS-CoV2 se hubiese metido por las fosas nasales del gran capital y como por arte de magia infectara en un santiamén todo el cuerpo financiero del modelo económico neoliberal.

   La Covid-19 no es causante de la crisis económica relatada por el FMI que ya se hizo evidente, ni el chivo expiatorio de las fallas de un modo de producción obsoleto que agota sus posibilidades de sobrevivencia sin tener a mano listo el instrumento para reemplazarlo, y es allí donde radica el gran temor reinante en los centros de poder.

      “Está claro que hemos entrado en una recesión que será peor que en 2009 después de la crisis financiera mundial”, confesó la señora Georgieva en una conferencia de prensa virtual, y sus interlocutores se estremecieron.

   Admitió también que más de 80 países periféricos ya han solicitado ayuda de emergencia al FMI. Entre ellos no figura México porque el presidente Andrés Manuel López Obrador, curado de espanto por la crisis de 2008 que tuvo a su país en el epicentro, se opone a volver a vivir la amarga experiencia del salvataje del Fondo ni el perjudicial y dañino endeudamiento que implica.

   La alarma de Georgieva debe ser valorada en todos sus alcances por el devastador panorama que presume para todos los países, incluidos los más ricos, pues ni estos están preparados para asumir un reordenamiento del mundo como el que se supone sea necesario ante el derrumbe del neoliberalismo.

   El primero de ellos, ¿cómo frenar y disminuir hasta eliminar la concentración de la riqueza para rehabilitar los muy dañados mecanismos de expansión capitalista, en particular los que tienen que ver con la redistribución de bienes, eliminación de las desigualdades sociales y todo lo necesario para mantener en niveles altos el consumo y el gasto interno garantes de la reproducción ampliada?

    La última teleconferencia del Grupo de los 20, en la que participó la señora Georgieva y en la cual los principales líderes concordaron en la necesidad de una fuerte inyección financiera para restablecer hasta donde se pueda el deterioro económico que causa ya la epidemia provocada por el SARS-CoV2, confirma lo que ya era un secreto a voces.

   Después de la crisis sanitaria sigue o se confunde con ella, la crisis económica y social, y se agudiza en la misma medida en que se haga más incontrolable el virus haciendo casi insoportable una recesión caracterizada por una grave interrupción de la oferta.

   Pero he ahí el detalle, como decía Cantinflas. Una vez que el temporal pase y se vuelvan a liberar las cadenas de suministros ¿cómo se administrarán los nuevos tiempos y los nuevos paradigmas para evitar un shock de demanda interna y externa y que no se repitan los errores que condujeron a esta situación?

    Como planteó México en la teleconferencia y que de alguna manera tiene ver con esta cuestión, lo que se decida tiene que ser ahora o nunca, porque no podemos pensar un orden internacional estable si no podemos abatir los efectos negativos de la pandemia. Ese orden no puede ser el vigente, predominantemente neoliberal.

     Pocos neoliberales admitirán que si China neutralizó los contagios en tiempo récord dada la envergadura de la epidemia, fue gracias a un Estado eficiente con control sobre los medios de producción y alta tecnología, y eso es válido para la exitosa contención del virus que se observa en Rusia.

    La pandemia no pone en cuestión a la ciencia médica por no prever una mutación tal de un virus que pueda saltar sin aviso ni antecedentes del animal al hombre, como el SARS-Cov2.  

    Este mal, que se universaliza más rápido que el aliento, sí enjuicia al neoliberalismo que desmanteló al Estado y en especial a su sistema de salud, privatizando y entregando el control a transnacionales donde quiera que pudo y debilitó a grados mortales el sistema inmunológico de las sociedades incluidas las más ricas.

    Y la tardía respuesta de algunos países a la pandemia no está en alguna ofuscación del cuerpo científico, sino del económico privado al que se le entregó el control de la salud pública y le disminuyó la capacidad de respuesta al Estado en situaciones como ésta. 

   Es importante prestar oídos a las voces que en Alemania y Francia hablan de nacionalizar las empresas de salud, porque las posibilidades de salir del problema no son tantas.

    Como se ha alertado en México, el aislamiento social puede ser efectivo en muchos lugares para contener la pandemia, pero sólo será sostenible si no condena al hambre a los más vulnerables, quienes no cuentan con redes de protección social ni son parte de la economía formal. Y ellos suman cientos de millones en el mundo. Es imprescindible evitar posiciones malthusianas.

    La encrucijada en la que Covid-19 pone al mundo es muy simple: o se toma el camino de la cooperación, la solidaridad, la buena vecindad, sin odios ni medidas absurdas de castigo colectivo, o el opuesto, el de las ambiciones desmedidas y la prepotencia.  El primero conduce a la paz, el segundo a la tumba.

lma