PERÚ. CROMOTEX, LA EPOPEYA SINDICAL


Luis Rodríguez – RMMA / 05 de febrero del 2020

“Toma mi sangre y escribe para que el pueblo sepa
que nos están llevando presos”.
Hemigidio Huerta

Para entender los trágicos sucesos acaecidos hace 42 años en la “toma de fábrica” realizada por la clase laboral más esclarecida del movimiento obrero, y cuyo Secretario General era Néstor Cerpa Cartolini; es necesario reconstruir con rigor filológico y agudeza teórica, los cruciales momentos políticos coyunturales de aquella histórica jornada.

Velasco y la Revolución
Luego del golpe institucional de las Fuerzas Armadas encabezadas por el General Juan Velasco Alvarado, contra Fernando Belaunde Terry, quien traicionara las dos reformas sustanciales prometidas: la nacionalización de los yacimientos de la Brea y Pariñas y la ejecución de la reforma agraria; el gobierno revolucionario le dio un nuevo brío al movimiento sindical cuando se volvió a fundar la Confederación General de Trabajadores del Perú (CGTP) sobre la base del Comité de Defensa y Unificación Sindical (CDUS), que se había formado en 1966.

Hasta ese entonces la CTP de orientación aprista, era la única central sindical, acorde a los intereses de la patronal. A raíz de la creación de la CGTP se ampliaron las posibilidades de practicar una táctica sindical más activa e independiente, dándose inicio al ciclo más importante de la historia del sindicalismo peruano, que duró hasta 1975. En ese lapso de tiempo, se reconocieron 2,066 sindicatos, es decir, más de los que se habían oficializado en los treinta años previos. El factor más importante para que ello sucediera fue, sin duda, la promulgación del decreto ley 18471 de estabilidad laboral. Éste fue acompañado de un uso extensivo del mecanismo de la huelga, así como del fuerte aumento de las acciones de los sectores industrial, minero y magisterial con el fin de conseguir la atención de sus demandas socioeconómicas.

Cambio de timón

El gobierno del felón Francisco Morales Bermúdez, quien luego de traicionar al General Juan Velasco Alvarado, mediante un golpe de estado (tacnazo), había realizado un viraje total en la política económica del país, para congraciarse con el empresariado nacional e internacional.

En respuesta a este nuevo planteamiento económico, lesivo para los intereses del pueblo, las bases sindicales a través del Comando Unitario de lucha (CUL) convocaron a un Paro Nacional que se realizó el 19 de julio de 1977. Esta convocatoria paralizó por completo el país, pero pese a la contundencia de la protesta laboral-social, el gobierno aplico una severa medida anti-laboral que dejó como saldo más de cinco mil dirigentes y activistas sindicales despedidos en todo el país. Además de incorporar a la legislación laboral un tecnicismo para respaldar el abuso, la prepotencia y la explotación del empresariado nacional contra la clase trabajadora. Bajo este legalismo burgués de ajuste a las leyes laborales ya existentes, el estado modifico el código penal para “garantizar la producción” bajo el término “sabotaje a la producción” dando lugar a que cientos de dirigentes, fueran despedidos en forma arbitraria e incluso algunos detenidos y encarcelados. Es decir, todo lo que se había conseguido hasta ese momento estaba en peligro de perderse.

Cromotex: el “lock out” de la empresa farsante

Al igual que muchas organizaciones en conflicto, el sindicato de Textiles Nacionales e Industrial Cromotex S.A., ubicada en la zona industrial de la carretera central, de propiedad del chileno Antonio Mussiris; pasaba por graves conflictos laborales.

En Cromotex, se habían despedidos –después del paro- a nueve dirigentes de los cuales sólo dos habían logrado ser reincorporados en sus labores habituales.
El empresario Mussiris, ahora no solo tenía que lidiar con la nueva dirigencia sindical que había reemplazado a la anterior de filiación aprista, sino que también tenía que enfrentar a la Comunidad Industrial (Ley General de Industrias creada el 27 de Julio de 1970) que permitía la participación progresiva de los trabajadores estables y que laboran a tiempo completo en su empresa industrial mediante una modalidad que les permitía conseguir la paridad en la propiedad, en la gestión y en las utilidades de la empresa.

Es entonces que, a fines del 78, el Directorio empresarial dirigido por Mussiris, bajo el argumento de la falta de recursos económicos para la compra de materia prima, decide el cierre de la empresa, también llamado lockout (vocablo ingles que significa “dejar afuera”).

Cabe destacar que esta radical medida debe aplicarse cumpliendo una serie de requisitos y solo bajo circunstancias específicas, que no aplicaban para este caso.

Como consecuencias del lockout patronal, los trabajadores dejarían de percibir su salario, los contratos serían suspendidos y se anularían las cotizaciones de los trabajadores a la seguridad social y el cobro de sus sueldos, dejando en una orfandad total a sus trabajadores. En estas circunstancias el estado podía intervenir como árbitro para facilitar una solución al conflicto.

El 9 de diciembre de 1978 el sindicato denuncio el desmantelamiento de los talleres, y el traslado de las maquinarias hacia una nueva empresa con una razón social distinta. En estas circunstancias el sindicato convocó a una Asamblea General, la misma que determino la toma de la fábrica en defensa de sus puestos laborales.

Las leyes de ese entonces señalaban que de demostrarse el desinterés de la patronal y el lock out realizado por esta; la administración de la empresa podría pasar a manos de los trabajadores. Ya se había señalado fecha para la inspección de parte de los funcionarios del ministerio de trabajo y de la producción (febrero del 79), informe que podrían dar fe del reclamo de los trabajadores.

La organización sindical

El 28 de diciembre de 1978 en una operación estrictamente cuidadosa y organizada, los trabajadores tomaron la empresa Cromotex. Apenas 5 minutos les había tomado realizar la “toma de la fábrica”, la misma que había estado a cargo a de cuatro grupos operativos de 18 a 20 hombres cada uno, que en un abrir y cerrar de ojos habían cortado las líneas telefónicas y desalojado a los funcionarios, guachimanes y matones contratados por la empresa.

Todo estaba cuidadosamente organizado, los equipos de vigilancia, el control de la fábrica y los alrededores para evitar los robos de la empresa y la amenaza de los matones, el patrullaje de los alrededores, la comisión de cocina que se aprovisionó de alimentos, básicamente papas, agua de los tanques previamente llenados y cilindros, el control del teléfono a través de un operador, la provisión de medicamentos esenciales para cualquier emergencia.

Para evitar confusiones, solo había un único vocero autorizado por el sindicato, el mismo que tenía a cargo el megáfono para informar a los medios de comunicación y a la opinión pública.
Otra de las medidas para evitar su identificación, por parte de las autoridades policiales fue asignársele a cada trabajador un número, mientras una comisión de seguridad se encargaba de rotar a las guardias obreras sin un orden determinado de horarios, para evitar ser sorprendidos en el cambio de guardia.
La comisión de defensa del sindicato, había establecido varias líneas, de posibles enfrentamientos que partían desde una barricada exterior, hasta las barricadas interiores. En el techo se habían colocado cilindros con agua para rociar las bombas lacrimógenas y neutralizar el humo de los gases, así como cada trabajador tenía una botella con vinagre para humedecer pañuelos y colocarlos sobre el rostro para amenguar los efectos de las bombas.

Los carros metálicos fueron subidos a la azotea para ser usados como escudos, junto con piedras, ladrillos y botellas, para la defensa.

La malla exterior había sido electrificada y junto a ellas se habían colocado los “peines” de las viejas máquinas textiles. La comisión de limpieza y disciplina era la encargada de velar por el orden, y custodiar las llaves de las oficinas, que fueron cerradas para impedir el acceso de personas extrañas.
Un grupo de trabajadores quedó afuera para pedir ayuda económica a otros sindicatos, a la vez de propagandizar la lucha sindical y realizar las acciones legales y/o de acuerdos con las autoridades competentes.

El asalto

Cromotex estaba asesorada legalmente por el estudio de Luis Bedoya Reyes, quien ante un fallo favorable del poder judicial y luego del trámite policial, se procedió a ordenar el desalojo de la empresa ocupada por los trabajadores.

El 4 de febrero a las 5.00 am. las fuerzas policiales junto con un ejército de matones contratados por la empresa, iniciaron el asalto.

Los primeros en caer son los trabajadores Marcelino Castro y Silvio Jiménez, otros más son heridos en ese primer enfrentamiento. El capitán del operativo César Villón de los Santos fallece al intentar subir una pared y ser rechazado por los trabajadores, cayendo desde una altura considerable.
Las barricadas fueron cayendo unas tras otras tras el empuje de las fuerzas policiales y una horda de maleantes contratados ex profesamente para esta operación. Los trabajadores resisten, pero nada se puede contra las balas. Allí muere Inocencio Paco Quispe y es herido de muerte Hemigidio Huerta, junto a Máximo Montoya y Máximo Lara.

Seis obreros y un policía fue el saldo trágico de una acción violenta de un gobierno protector no del estado de derecho, sino de políticas económicas contrarias a los intereses de la clase trabajadora.

La empresa de Textiles Nacionales e Industrial Cromotex S.A., cambio de razón social y hoy continúa operativa bajó el nombre de Filamentos Industriales S.A. El expresidente del Directorio Antonio Mussiris Simon, falleció hace algunos años.

Epilogo

Cuando eran trasladados en el ómnibus de la policía el dirigente Hemigidio Huerta, quien se encontraba herido le dice a Cerpa Cartolini: “Toma mi sangre y escribe para que el pueblo sepa que nos están llevando presos”.

Tras la brutal asonada estatal que había iniciado una serie de recortes sociales y una violenta arremetida contra la clase trabajadores, el sindicato pasó a reorganizarse y plantear nuevas alternativas de lucha clasista, así un nuevo sindicalismo revolucionario y combativo, politizado y radical había tomado la palabra.

Los caídos de Cromotex representan la lucha permanente de una clase laboral, que, al margen de los grandes organismos sindicales, jamás se resignó a dejar los espacios conquistados en grandes jornadas de lucha, durante todo el siglo XX.